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MIGUEL DE BARROS: ANCESTRALIDAD, RECONSTRUCCIÓN Y DEMOCRACIA

Raquel Paris

ENTREVISTA

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Gabrielly Pereira
Traducción
Bruna Macedo de Oliveira, Cinthia Itati Gabriela Minuzzo, Larissa Fostinone Locoselli, Mario René Rodríguez Torres y Rocio Esther González Fariña, miembros del proyecto de extensión Laboratório de Tradução da UNILA.

Miguel, me gustaría que contextualizara de dónde viene usted. Y pensamos comenzar con un relato suyo, en el que nos cuente sobre su infancia, cómo fue su juventud, porque entendemos que en esos momentos hay un cisma, algo que pasa.

Miguel de Barros: Yo no hablo de mí, hablo de mi país. Y, al hablar de mi país, puedo contarle sobre la parte que integro y, de esta manera, no construyo mucho vedetismo alrededor de mi figura; voy señalando los elementos más esenciales, más críticos, más innovadores.

Mi país, Guinea-Bisáu, se ubica en la costa occidental de África, tiene 136.000 km²  y, como le venía diciendo, tiene un territorio equivalente al estado brasileño de Sergipe, y una población que no alcanza los 2 millones de habitantes. Es un país que cuenta con más de 33 grupos étnicos. De esos 33 grupos étnicos, cada uno tiene su propia lengua, su cultura, su sistema social y sus estructuras de gestión de la colectividad. En este territorio hay cosas bellísimas, por ejemplo, fue el último imperio precolonial africano. Es decir, antes de la llegada de los occidentales, no solo existía una civilización, sino también una idea y una administración, que fue el imperio de Gabu, parte del gran imperio de Malí, pero que después, con la lucha que hubo y con la victoria de otro grupo étnico, pudo tener autonomía respecto al imperio de Malí. Por lo tanto, fue la última civilización precolonial en África. Y esto ocurrió en el territorio que hoy es Guinea-Bisáu. Por eso, es un territorio lleno de historia.

En este territorio también podemos encontrar dinámicas culturales muy interesantes, por ejemplo, hay grupos étnicos cuya estructura de gestión política se orienta por lógicas de una sociedad vertical, con regulado, una especie de régimen monárquico, por ejemplo, con sangre azul, de linajes que tienen el poder de gestión y administración del propio espacio. Sin embargo, hay grupos étnicos que profesan religiones de matrices africanas, cuyo modelo social es completamente horizontal; no existen jefes, no existe esa estructura de regulado. La tierra es una propiedad colectiva, el trabajo es un bien colectivo y el producto del trabajo también es una plusvalía colectiva. Existe todo un mundo de solidaridad, de ayuda mutua, de movilización, que posibilita que la esencia de la vida sea el compartir desde un punto de vista colectivo. Pero hay también grupos étnicos cuya estructura social se basa en el matriarcado, son, por ejemplo, las Bijagós.

La propiedad es de la mujer, la casa es de la mujer, es la mujer quien la construye, es ella quien da el apellido. Quien genera lo sagrado es la mujer; lo espiritual, es la mujer; y las Bijagós son figuras con un mayor poder de decisión y de deferencia dentro de la comunidad. Ahora, imagínense: es dentro de este territorio con 33 grupos étnicos, cada uno con su lengua, su modelo de gestión, que después aparece una lengua que no le pertenece a ninguno de esos grupos étnicos y que no es el portugués, sino el criollo, a la que se le entiende como un factor de coalición y unidad nacional, y a la que se utilizó como instrumento en la lucha anticolonial. Es un elemento extremadamente importante, pero todas esas características tuvieron que afrontar varias adversidades. Portugal dice que fueron 500 años de colonización, pero no es cierto. Fueron 500 años de luchas y resistencias. Nunca pudieron consolidar una administración colonial en este territorio porque aquellos grupos no eran homogéneos, y permitieron trabar mejor lo que eran los intereses coloniales, de modo que solo en los últimos cien años de la presencia portuguesa en África es que efectivamente estaban en algunas zonas de la costa, gestionando algunas administraciones. Hubo resistencias fuertes, incluso algunos administradores portugueses militares fueron muertos en rebeliones populares en el territorio de Guinea-Bisáu. Entonces es un espacio conocido como un espacio de resistencia. Pero eso también ocurrió porque la visión de Portugal respecto a la colonia que era Guinea-Bisáu era, sobre todo, la de una colonia de explotación.

"La propiedad es de la mujer, la casa es de la mujer, es la mujer quien la construye, es ella quien da el apellido. Quien genera lo sagrado es la mujer; lo espiritual, es la mujer; y las Bijagós son figuras con un mayor poder de decisión y de deferencia dentro de la comunidad."

Quienes consultan los manuales escolares de Portugal, que todavía hoy hablan de las descubiertas y los productos comercializados, encuentran los hombres esclavos, el marfil, el oro y algunos otros elementos, pero estos tres figuraban como los principales productos de comercialización. Entonces, ¿qué implicó todo eso? Implicó que la gestión de la administración colonial siempre haya sido confiada a militares, a hombres del ejército. Guinea-Bisáu o Guinea Portuguesa no tuvo, en el periodo, un administrador civil. Siempre estuvo bajo un régimen militar. ¿Y cuál fue la sorpresa? Que cuando se dio el inicio de la lucha de la liberación, a principios de los años 1960, después de una rebelión causada por una masacre de estibadores en el puerto de Bisáu, el movimiento popular pudo avanzar hacia la lucha armada. Algún tiempo después, ocho, diez años, el 90% del territorio ya estaba bajo su control. Pero fue un peor campo de batalla para Portugal, porque estuvo 11 años en guerra, terminó derrotado, bastante derrotado, y los clivajes que se crearon entre el movimiento fueron cruciales para dejar después muchos clivajes en la propia Guinea-Bisáu. Por ejemplo, Portugal tuvo un contingente muy grande de militares, pero la mayor parte de esos militares eran de milicias locales, quienes eran utilizados para combatir a los propios hermanos. Este es un elemento fuerte porque en Angola, Mozambique y Guinea-Bisáu Portugal creó una política de segregación social y racial denominada ley del Indigenato, o sea, las personas que eran indígenas tenían que presentar pruebas de su civilidad para que se les concediera el estatuto de ciudadano portugués. Entonces, para eso había varias categorías, desde los grumetes, gentíos, asimilados y civilizados. Civilizados, quienes ya eran portugueses.

Esto significó falta de acceso a la educación, falta de derechos cívicos, falta de un conjunto de servicios. Las personas tenían que comprobar por medio de su bautismo, por medio de la asimilación de normas portuguesas, por medio de un conjunto de cosas: saber hablar portugués, sentarse a la mesa y comer con cubiertos, tener una cama de madera y no un colchón en el suelo; un conjunto de cosas que les impedía, a priori, a las personas ser consideradas ciudadanas de pleno derecho. Entonces, cuando ocurre la independencia, el país hereda también ese clivaje, toda esa segregación. Pero peor aún es que, cuando se llegó a la independencia, unilateral, proclamada por un movimiento libertador, el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC), en 1973, que fue reconocida por Portugal solo un año después de la proclamación, en 1974, se pudo comprobar, con todo ese tiempo de colonización, que entre los nativos de Guinea-Bisáu solamente catorce personas eran las que tenían acceso a la enseñanza superior, eran licenciadas, es decir, habían cursado una carrera universitaria. Por un lado, está la segregación racial, la ausencia de una administración y no el conocimiento. Toda la estructura económica y comercial se armó en la ruta del colonizador, sin ninguna infraestructura interna para permitir, por ejemplo, alguna capacidad de desarrollo. Es ese el Estado que, los que estaban vivos, heredaron del régimen colonial. Un Estado con alto nivel de segregación, con una frágil capacidad de infraestructuras, de capital humano, y que también ridicularizó y disminuyó bastante todo lo que eran las potencias que podían existir desde las culturas populares y los saberes tradicionales.

Gabrielly Pereira

Pero, volviendo al PAIGC, el Movimiento Libertador definió cosas muy importantes: que la prioridad era la educación, era la cultura para la cuestión de identidad y de construcción del nuevo marco de referencia, pero era, además, una economía planificada y la cuestión de la unidad africana. De ahí que la lucha por la liberación de Guinea-Bisáu, liderada por Amílcar Cabral, se hizo también respaldando a Cabo Verde y defendiendo la independencia de todos los otros países que estaban bajo el yugo colonial. En medio de eso, entre 1974-1984, se dio una revolución. El nivel, por ejemplo, de las personas que tenían posibilidad de acceder a la educación se expandió. Se crearon escuelas en todos los espacios nacionales. Aun antes de la independencia, el PAIGC creó escuelas en las zonas que pudo libertar. Eran escuelas de las zonas liberadas. Se hizo una campaña enorme para que, los que habían cursado al menos el cuarto año, les enseñaran a los del primer año. Esto atrajo a mucha gente, al punto de que, en 1977, 1979, un ilustre brasileño llegó allá, como exiliado, para trabajar, para implementar la pedagogía del oprimido: Paulo Freire. Él vivió dos años en Guinea-Bisáu. Y organizó las brigadas de alfabetización en lengua materna, con el teatro del oprimido, entre otras tantas cosas. Y eso permitió, por una parte, no solo trabajar por el aumento de la oferta educativa, sino también por la alfabetización. Fue un momento de efervescencia. En diez años, tuvimos a casi trescientas personas graduadas y que regresaron al país. El país creció y se creó un momento muy bueno.

Pero, ¿qué pasó? A finales de la primera mitad de los años 1980, hay una especie de crisis del petróleo que llevó a una nueva racionalidad en términos de ayuda pública al desarrollo. Entonces ¿qué entró en juego? El FMI, el Banco Mundial.

"el Movimiento Libertador definió cosas muy importantes: que la prioridad era la educación, era la cultura para la cuestión de identidad y de construcción del nuevo marco de referencia, pero era, además, una economía planificada y la cuestión de la unidad africana. "

Alberto Aleixo: Un reajuste global.

Miguel de Barros: Al que se le llama, en África, Programa de Ajuste Estructural. Creo que fue, más bien, un programa de desajuste estructural. ¿Qué sucedió en el caso de Guinea? Yo nací en 1980, en aquel momento, debido a los clivajes de cuestiones identitarias de aquellos que eran los originarios de Cabo Verde, que estaban en la administración pública colonial, pero que también participaban en la lucha de liberación y estaban en el poder político, hubo una especie de clivaje con los autóctonos, quienes reclamaban por más poder. Tuvo lugar el primer golpe de Estado, en 1980.

Yo nací y, cuatro meses después, el golpe de Estado. Entonces soy fruto de la época de esas transformaciones. Cuando llego a los seis años de edad, veo la liberación económica, el fin de la planificación de la economía y aquello que llamaban libre comercio, la reducción de la capacidad del Estado. Lo que puedo decir de esa época de los años 1980 es que hay cuatro cosas, por ejemplo, que a mí me marcaron de forma muy clara: la primera es que, desde un punto de vista alimentario, teníamos una economía diversificada, una producción integrada. Agricultura, fruticultura, horticultura, ricicultura, silvicultura, piscicultura. Prácticamente todo llegaba a las mesas, pues el mercado permitía esa permuta, esa distribución. Y también había un servicio pastoral que apoyaba a los productores. Eso se acabó. Dijeron que el país necesitaba pagar las deudas, atraer divisas y, por ello, el país necesitaba producir para un mercado. Fue cuando entramos a una lógica de régimen de producción de monocultivo. Y ¿qué monocultivo es este? El del cajú. Para exportar la castaña de cajú y pagar la deuda, atraer divisas. Entonces, la economía se empobreció radicalmente. Se sentía el debilitamiento de la clase media que transformaba el espacio urbano, el éxodo rural, porque el Estado no existía en las zonas rurales, y el empobrecimiento de las familias. Fue un periodo de mucha tensión.

Otro elemento importante que a mí me marcó en ese periodo es que el Estado dejó de financiar el sistema educativo. Por ejemplo, cuando yo cursé la primaria tenía ocho horas lectivas, cuatro horas dentro del aula y otras cuatro más de actividades extracurriculares, como clases de educación musical. Antes de aprender a tocar piano, xilófono, guitarra, teníamos que aprender a tocar instrumentos tradicionales de Guinea-Bisáu: corá, bombolom, balafon, djembê, para entender cuáles son las sonoridades y cómo eso entra en nuestra espiritualidad, en nuestra identidad. Las músicas que aprendíamos se cantaban en criollo; cantábamos músicas étnicas para poder entender después qué decía Bethoveen y qué decían todas las otras compañías de música clássica. Es decir, no estábamos completamente excluidos de lo que era la cultura erudita mundial, pero teníamos nuestra cultura popular.

También teníamos materias como, por ejemplo, trabajo productivo. Para nosotros, la merienda escolar venía de la producción de la propia escuela que abastecía sus comedores escolares, en la que participaban no solo alumnos, sino también profesores, toda la comunidad escolar se movilizaba para producir la merienda escolar. ¿Qué tiene de importante eso? La perspectiva de la educación alimentaria nutricional. Nosotros sabíamos cómo hacer las medidas de las huertas, sabíamos cómo hacer injertos, cómo una naranja y un limón pueden dar una mandarina. Sabíamos todo eso. Esto también dejó de existir y pasamos a tener comedores escolares en los que la harina es importada, el azúcar es importado, y con enlatados para que los niños y las niñas coman.

"Antes de aprender a tocar piano, xilófono, guitarra, teníamos que aprender a tocar instrumentos tradicionales de Guinea-Bisáu: corá, bombolom, balafon, djembê, para entender cuáles son las sonoridades y cómo eso entra en nuestra espiritualidad, en nuestra identidad. Las músicas que aprendíamos se cantaban en criollo; cantábamos músicas étnicas para poder entender después qué decía Bethoveen y qué decían todas las otras compañías de música clássica."

Además, en la escuela había una materia interesante llamada trabajos de taller, que trataba de todo lo que fuera artístico: corte y confección, modelado de barro, esculturas. Incluso teníamos una materia llamada formación militante, que era sobre la consciencia histórica y política del país: qué era África, qué fue la esclavitud, la colonización, quiénes son los héroes y por qué el pueblo lucha por la libertad, y cuál es el comportamiento del nuevo hombre y mujer de Guinea-Bisáu en un contexto de independencia.

Amílcar Cabral decía: "pensar con nuestras propias cabezas, andar con nuestros propios pies y tener dignidad como cualquier ciudadano del mundo". La formación militante era, de hecho, eso, era el activismo, era concientizar a las personas de que no van a la escuela únicamente para convertirse en profesionales, sino para ser ciudadanos de su país y de África, para transformar a África. Todo eso terminó dentro del sistema educativo con las exigencias del Banco Mundial. Pasamos a tener tres clases lectivas, cuatro turnos porque había presiones por parte de la ciudad y porque la demanda aumentó. Después se redujeron los turnos, la escuela dejó de ser un espacio creativo, de pensamiento, pasó a ser un espacio de memorización, en donde los contenidos más afirmativos dejaron de existir, y se incluyeron materias como educación social. Hubo una especie de desconexión del sistema educativo con el compromiso de transformar la sociedad.

Lo peor de todo eso es que, cuando se sale del sistema educativo, no se tiene ninguna aptitud técnica que permita mediar la relación con el mercado de trabajo. Esto llevó a un fuerte clivaje en la sociedad, en manifestaciones que pusieron en jaque los varios regímenes, y llevó también a una cierta neocolonización, porque el sistema curricular pasó a adaptarse en función de lo que era la agenda internacional, que no correspondía a la agenda nacional, ni satisfacía la condición de ciudadanía del propio alumno. Fue dentro de eso, en ese escenario de clivaje, con tensiones políticas, que nosotros buscábamos la liberación política.

"La formación militante era, de hecho, eso, era el activismo, era concientizar a las personas de que no van a la escuela únicamente para convertirse en profesionales, sino para ser ciudadanos de su país y de África, para transformar a África."

Aunque la situación interna fuera tensa, el Club de París, en conjunto con los financiadores internacionales, dijo: “a partir de ahora nosotros podemos ayudarlos en el desarrollo, pero solo si ustedes entran a la democracia, solo si ustedes empiezan a hacer elecciones”. O sea, el proceso de democratización del país no fue un proceso construido a partir de una agenda interna ni a través de un compromiso de cuál era el sentido de la democracia que se deseaba.

En ese contexto, en 1994, fuimos a las primeras elecciones con más de la mitad de la población analfabeta, que no sabía cuál era el sentido de su voto, pero sabía cómo votar para que el voto fuera válido. Esto llevó a la construcción de partidos políticos con una tendencia étnica, regionalista, populista, cuyo interés era salvaguardar su ingreso dentro del Parlamento, del juego político, para poder también beneficiarse de los recursos del Estado. Resultado: en 45 años de independencia, tenemos 49 partidos políticos. Pero, ¿qué representa eso en capacidad, compromiso, proyecto político-social de transformación? Nada.

Así, el país entra en un sistema de golpes de Estado, en una situación de mucha tensión social, de guerra civil, aunque no haya ningún campo de refugiados. Hay que entender que el clivaje es político pero la convivencia es perfectamente pacífica. En ese contexto ya estábamos dentro de los movimientos asociativos juveniles y comenzamos con una acción bastante fuerte de movilización juvenil alrededor de las cuestiones más críticas para los jóvenes: la esperanza por un futuro, la transición a la vida adulta, el derecho a la educación, la movilidad, el empleo. Todo ello permitió la creación de un verdadero movimiento asociativo juvenil que desplegó varias acciones y posibilitó no solamente reflexionar sobre cómo concretar alguna capacidad que la escuela no da base, sobre todo, salvaguardar alguna integración para los jóvenes, porque es el país con la menor tasa de violencia en África Occidental. En todos los niveles hay un comportamiento ético, cívico. Y para Estados frágiles como Guinea-Bisáu posconflicto, con todas las cuestiones de identidad por resolver y todas las fragilidades desde el punto de vista financiero, lo que pasa es que hay un abordaje neocolonial que les quita a esos Estados la capacidad de ser libres pensadores para implementar sus propias políticas. Pero, al mismo tiempo, hace parecer que tienen problemas los unos con los otros. Es como aquel refrán, en casa de pobre, todos tienen hambre y nadie la razón. Aun así, han surgido dinámicas muy interesantes en los movimientos sociales, de fuerzas políticas con personas que no tienen tradición de posicionamiento político y con visión y misión de transformación social. Muchos movimientos juveniles, de mujeres, de campesinos y esto ha permitido un abordaje mucho más pragmático en el sentido público de la racionalidad cívica.

Al mismo tiempo, ha impulsado una mejora de los actores del sistema político, ahora vienen apareciendo mejores candidatos, todos los partidos vienen con programas, los candidatos a diputados son conocidos, hay debates públicos y un escrutinio muy fuerte. Por ejemplo, en las últimas elecciones, dirigí al grupo de la sociedad civil que hizo el monitoreo electoral con más de 480 monitores a nivel nacional, quienes durante nueve meses fiscalizaron el registro electoral de la campaña de educación cívica, la campaña electoral, el acto, y hasta el recuento de votos y el transporte de la urna. Así que esto proporcionó más seguridad y una mayor confianza de que es posible hacer las cosas bien. Por otro lado, la racionalidad económica no tiene que basarse ni en el modelo extractivista ni en el modelo del Banco Mundial; tiene que repensar toda una filosofía que articule la soberanía alimentaria, productiva, económica y financiera. Y sobre la soberanía financiera, hay un elemento importante que es la moneda de Guinea-Bisáu, moneda de África Occidental, pero que tiene paridad y referencia de la antigua moneda francesa, franco-francesa. Nuestra moneda es el franco CFA. ¿Quién se queda con los royalties para garantizar la seguridad cambiaria? Francia. Nosotros le pagamos a Francia para tener una moneda que ni siquiera ellos quieren. Y son cosas como esas las que pasan en Africa.

Entonces el desafío de los países africanos es el de ser capaces de emanciparse políticamente y construir un modelo de transformación que les permita, por lo menos, tener una misma visión de lo que serán las posibilidades de efectivamente construir procesos más endógenos y de que estos procesos endógenos permitan la movilidad, servicios, bienes, capitales, pero, también, las relaciones de colaboración.

Gabrielly Pereira

"Entonces el desafío de los países africanos es el de ser capaces de emanciparse políticamente y construir un modelo de transformación que les permita, por lo menos, tener una misma visión de lo que serán las posibilidades de efectivamente construir procesos más endógenos y de que estos procesos endógenos permitan la movilidad, servicios, bienes, capitales, pero, también, las relaciones de colaboración."

Alberto Aleixo: Aproximadamente, un régimen, un gobierno, ¿cuánto tiempo duraba?

Miguel de Barros: Nosotros nunca hemos tenido un gobierno que haya llegado al final de su mandato, nunca. Hemos tenido 20 años de democracia, 5 elecciones, 10 golpes de Estado. Ese es pues el régimen. Desde 1984, el país vive bajo tutela. De 1984 a 1991 vivió bajo tutela del FMI y el Banco Mundial. A partir de 1995 y hasta la actualidad se encuentra bajo la tutela de la CEDEAO, Comunidad Económica de los Estados de África Occidental, con una moneda regional. Y luego, a partir del conflicto, actúa como fuerza de interposición militar. Desde el 2000, cuenta con la presencia de la oficina especial de las Naciones Unidas para el mantenimiento de la paz, la cual nunca ha hecho un disparo. Está más para justificar el estatuto de algo que no existe, porque nadie le disparó a nadie ni hay una guerra civil ni nada. Ahora bien, este contexto, de hecho, permitió la emergencia de una sociedad civil mucho más activa. La libertad política se dio efectivamente en 1994, con las primeras elecciones multipartidarias, pero en 1991 comenzó a haber cierto reconocimiento de algunas ONGs. Por ejemplo, Tineguena, en donde estoy, fue fundada por Augusta Henriques que trabajó con Paulo Freire en 1991, y se asume como una organización ambientalista. Eran las mujeres más progresistas, ecofeministas, pero han surgido otras organizaciones como la Liga Guineense de Derechos Humanos, una acción para el desarrollo, una intervención dirigida a la agricultura, a las comunidades; y Alternar, que está muy centrada en la educación. En una primera fase, estas ONGs eran organizaciones extremadamente militantes, pero también extremadamente profesionales, con formación de alto nivel y que tenían mucho vínculo con estructuras comunitarias, locales.

Durante el posconflicto, 1998, 1999, pasamos de ese régimen hacia una especie de efervescencia de organizaciones sobre todo de intervención en términos de emergencia, pero con mucha presencia de organizaciones internacionales, extranjeras, que vienen dentro de la propaganda de ayuda pública para el desarrollo; o sea, uno va a financiar un proyecto para la seguridad alimentaria, pero quien ejecuta ese proyecto es una ONG europea, quien compra los equipamientos es Europa, viene con un asistente técnico de Europa, no pagan impuestos, y toda la estructura pensante es europea. Entonces, ¿dónde está la ayuda pública?

Todo debe hacerse en su contexto de origen. Y en Guinea-Bisáu, eso permitió, por un lado, rescatar dos cosas. La primera es todo aquello que eran las organizaciones populares, tradicionales, que no están dentro de esa cadena de cooperación, pero también el surgimiento de algunos movimientos sociales —y sobre eso escribí un libro, História da Sociedade Civil—, que son personas políticamente organizadas o colectivos organizados. La articulación entre estos dos movimientos de grupos populares y tradicionales permitió rescatar algunos valores culturales. Por ejemplo, crear sistemas de mutualidad en el crédito. El grupo de vendedoras de pescado tiene un sistema rotativo de crédito, y con ese sistema, cada mes, una de ellas se queda con el dinero y puede invertirlo como quiera, pero dentro de todo eso además crean fondos que permiten tener mutualidad en la salud. Entonces, van construyendo esas agendas y las ONGs nacionales les van dando estructura, les van dando asistencia para administrar aquello como si fuera un régimen de cogestión.

Esto permitió, por ejemplo, crear áreas protegidas por la gestión comunitaria, crear fondos de apoyo al emprendedurismo femenino, crear iniciativas de financiación de becas de estudio para que las chicas ingresen a las universidades. Eso causó un boom en el país y su economía se volvió más popular que la economía oficial. He dicho sobre la economía informal que no hay nada que sea más formal que aquello. Las personas pagan sus impuestos, aunque solo tengan un espacio en el suelo, exponen sus productos, pagan al Ministerio de Finanzas, pagan al Ministerio de Comercio, todo está conectado. Ahora, la lógica está en que no es para contribuir para el pago de los impuestos al Estado, la plusvalía tiene que ser para la inversión de la actividad económica, porque es lo que genera la capacidad después de construir una autonomía. Y bueno, hay un ambiente muy favorable de apropiación de la conciencia cívica, política, que ha permitido que en un país donde el sistema político es extremadamente machista se haya aprobado, por ejemplo, la Ley de Cuota: el 36% de la representación parlamentaria debe ocuparlo mujeres. O sea, son esas las cosas que están sucediendo. Estaba hablando de la merienda escolar, que era toda importada. Nosotros logramos que se aprobaran tres propuestas muy importantes en el espacio de tres años. Primero llevamos al Estado a incluir dentro del sistema educativo, en el currículo, materias de educación alimentaria y nutricional, y materias de educación ambiental. El año pasado, hicimos que el Estado asumiera que al menos un 30% de la compra de alimentos para la merienda escolar tendrá que provenir de la agricultura familiar campesina. Y que de esos 30% provenientes de la agricultura familiar campesina, un 30% deberá comprarse directamente de las mujeres. Eso ya está definido.

El número de niñas en las escuelas está aumentando, la capacidad económica está aumentando, la posibilidad de educación alimentaria aumentó, porque hay huertas. Y recién aprobamos nuestra estrategia de hambre cero para el 2030, con la cual el Gobierno, por iniciativa de la sociedad civil, ya tiene una estrategia a largo plazo. Son esas las cosas que están pasando, tenemos un país con un Estado institucionalmente frágil, pero hay una sociedad civil extremadamente fuerte y activa, que puede definir la agenda pública, aquello que es de interés colectivo. Y, al mismo tiempo, en su estructura mucho más espontánea, tener la capacidad de reclamo, de protesta contra los militares que dieron el golpe, contra los ministros corruptos, contra las Naciones Unidas que no cumplen su papel, contra la existencia de una moneda que tiene base en el sistema francés neoliberal y neocolonial. Entonces estamos en la mejor fase de efervescencia cívica en Guinea-Bisáu.

Nosotros de Guinea-Bisáu tenemos un contexto favorable en el que el Estado no financia a la sociedad civil, el Estado solo hace algunas exenciones, entonces la sociedad civil tiene una mayor autonomía para ir a buscar su financiación. Yo, por ejemplo, me niego a buscar financiación de la Unión Europea. Busco las fundaciones militantes que comparten con nosotros una visión, a las que no les interesan los proyectos, sino financiar los procesos de emancipación. Entonces, en lugar de la lógica de hacer proyectos de corta duración e impacto inmediato, elaboro un pensamiento estratégico en el que introduzco la capacidad de autonomía económica y también financiera. ¿Qué significa eso? Actividades que generan ingresos, economía creativa, emprendimientos sostenibles, para que dentro de la propuesta política haya siempre una parte que permita atraer recursos para la autofinanciación. Las organizaciones que consiguen llegar a ese nivel tienen mayor grado de autonomía y mayor capacidad para evitar esquemas de cooptación política. Las organizaciones elaboran su plan de negocios, sus planes de gestión de recursos humanos, su plan de captación de fondos y, a la vez, su plan de cómo transformar su propio nombre en una marca, también vendible, con productos, como la prestación de servicios, los productos alimenticios, la producción de conocimiento, la investigación aplicada o el monitoreo de las políticas públicas. Todo eso permite tener a personas dentro de la organización que trabajan no solo como profesionales sino también como activistas y, al mismo tiempo, crea una relación, una especie de equidad dentro de su propia propuesta.

En Canadá eso está ocurriendo de una manera muy bonita, en algunos países de África empieza también a ocurrir. En Guinea, decidimos que en los próximos cinco años no vamos a postularnos para la financiación de la Unión Europea. Vamos a buscar fondos alternativos y generar nuestros propios recursos, descubrir cosas que no sabíamos que podríamos hacer. Por ejemplo, creamos nuestras marcas de productos de la tierra y el mar: transformación de la flor de sal, la miel orgánica, el jabón biológico, el aceite de dende, el arroz integral... todas iniciativas nuestras y las hacíamos por hacerlas, pero ahora apoyamos a las comunidades locales, ya sean en cooperativas familiares, microempresas, en modelo asociativo, asociaciones exclusivamente de mujeres que están produciendo. Trabajamos todo aquello que es marketing, la cuestión de la marca, la distribución. Y el 90% de las ventas se destina a quienes producen, mientras que el 10% se queda con nosotros, para todo lo de la promoción de las ventas y el pago de los sueldos.

Entonces lo crucial para nosotros no necesita financiación. Ya para lo que se quiere traer como un estímulo sí se busca financiación, así que es algo complementario, no pone en riesgo nuestra visión. Eso es muy importante. Después, para salvaguardarnos en cuanto a la cooptación de lo que estamos haciendo, tenemos dos proyectos más interesantes. Son los proyectos que tienen el menor monto de financiación, pero son los que tienen mayor impacto. Primero, los monitoreos de políticas públicas. Estamos monitoreando todo aquello que es explotación de los recursos naturales: pesca, petróleo, minas, arena. Así, nos buscan otras entidades para que les brindemos informaciones o servicios, y nos pagan por eso. Porque mostramos cómo el Estado cumple o no las directivas nacionales e internacionales sobre la gestión de los recursos naturales, y somos integrados en plataformas que nos pagan por hacer este trabajo.

Monitoreamos el gobierno como en un proceso electoral y recibimos donaciones de organizaciones filantrópicas, para que sigamos haciendo este trabajo, porque es importante salvaguardar el nivel de democracia. Hay una iniciativa de comprarles los alimentos a los campesinos y productores rurales, para la merienda escolar, en lugar de comprar alimentos fuera del país. Nosotros lo gestionamos, compramos directamente a esos productores y garantizamos que sigan cobrando, así como que esos productos lleguen a la merienda escolar.

Raquel Paris: ¿Cómo está siendo el protagonismo de la juventud en esos espacios democráticos y en la lucha por la democracia?

Miguel de Barros: En África Occidental, más de un 60% de la población es joven, tiene menos de 40 años de edad. A propósito, el último premio que recibí fue justo la distinción de figuras en África Occidental implicadas en demostrar que hay una población mayoritariamente joven, pero que ha estado muy invisibilizada dentro del proceso de transformación, cuando se considera el proceso de decisión política. Entonces, se elaboró un mapa del conjunto de jóvenes del sector privado, la política, la sociedad civil, la diáspora, que viene participando mucho y viene construyendo esa visión alternativa. ¿Por qué es importante eso? Porque aunque la población mayoritaria fuera joven, no siempre las políticas públicas se dirigían a ellos. Pero lo más grave es que tenemos una sociedad gerontócrata en África, con la afirmación del poder de los mayores y, sobre todo, un poder machista y muy autocentrado en aquellos que componían la estructura de la tomada de decisión.

Allá solemos decir: lo que es para nosotros, si es sin nosotros, está contra nosotros. No puedo decir que quiero hacer una política pública dirigida a la cuestión de la equidad de género si esta política no integra, no solo las demandas, sino la presencia y la capacidad de decisión de las propias mujeres. Porque si no es así, se trata de una política para las mujeres, pero no tiene ninguna validez, y lo mismo pasa con los jóvenes. Recién hace cinco años que se inició una política nacional para los jóvenes de Guinea-Bisáu, pero en todo el proceso electoral, la lucha por la liberación la hizo la juventud. Sin embargo, eso no resultaba en algo concreto. En 1994, con la crisis del sistema educativo, hubo la primera manifestación de los jóvenes, quienes paralizaron todas las escuelas públicas, privadas, comunitarias, de autogestión. Todo estuvo paralizado para reclamar el derecho a la educación de los jóvenes.

La agenda de las necesidades de los jóvenes se hizo a partir de sus propios colectivos. En ese momento surgieron las redes juveniles, todas, tanto en el espacio urbano, como en el rural y en la diáspora. Es más, entre los países de lengua oficial portuguesa, Guinea-Bisáu es el que más asociaciones de jóvenes tiene y eso se reproduce en sus diásporas y demás. El tema es que esas asociaciones, como dije, entendían como parte importante de la integración los cursos de asociativismo, voluntariado, gestión de proyectos, saneamiento básico, comunicación, derechos humanos, gestión de salud... todos allí tuvieron esos tipos de cursos, con universidades de la juventud, escuelas de voluntariado. O sea, esto permitió que los jóvenes comenzaran a conectarse entre sí. Conocí a jóvenes que nunca habían salido de su localidad para ir, por ejemplo, del norte al sur o para ir a la capital. Entonces, esos programas creados por las asociaciones permitieron una movilidad, una conexión muy buena y que además favoreció la construcción de proyectos, microproyectos... más jóvenes pasaron a tener alguna ocupación. Pero, aún así, no se logró cubrir toda la demanda. No tenemos, por ejemplo, un sistema público que otorgue becas de estudios. Las universidades surgieron de una forma muy tardía, los jóvenes no tienen acceso al crédito. Así que sus actividades se restringían a un carácter más de voluntariado.

Cuando se vivió el conflicto político de 1998-1999, conscientes de esa fragilidad y conscientes de la necesidad de mano de obra por las fuerzas de la guerra, los dos bandos reclutaron a jóvenes con promesas de empleo. Del grupo, por ejemplo, que estaba del lado de las fuerzas gubernamentales, todos se incorporaron después a la policía y eso pasó también en Angola. Pero del grupo que estaba del otro lado beligerante, de la junta militar, todos se incorporaron al ejército. Porque los jóvenes con bajo nivel de escolaridad no tenían capital social ni cultural, ni tampoco una red de influencia que les permitiera, por ejemplo, acceder a becas de estudio o a otras formas de movilidad mucho más atractivas. Entonces, optaron por negociar su participación en las fuerzas beligerantes de la guerra. Unos recibieron crédito y abrieron su negocio. Esto pasó en Guinea, Sierra Leona, Mozambique, pasó en todos los países que tuvieron esa preocupación: “tenemos a una mano de obra que, si no se integra de algún modo, generará alguna situación mucho más perversa”. Y los jóvenes, conscientes de que no tenían otra posibilidad, adoptaron también la misma estrategia y negociaron sus posicionamientos. Pero dos, tres, cuatro años después, con el surgimiento de las primeras universidades públicas en Guinea-Bisáu, hubo una especie de renovación de la esperanza, una fuerte adhesión de los jóvenes a la universidad. Pero la universidad, surgida en un contexto de empoderamiento, terminó vaciándose de lo que serían las oportunidades de hecho, de empleo, de garantías al conocimiento y de diploma. A diferencia de lo que pasa, por ejemplo, en Portugal,  España, Francia, que tienen otro bagaje.

Fue entonces cuando empezó a darse un fenómeno que allá llamamos Bancadas, que no es otra cosa sino una sociedad de esquina. Jóvenes que deciden concentrarse en las esquinas de los barrios y están ahí todo el día sentados, hablando de política, fútbol, arte, telenovela, hablando acerca de todo. Así que las personas pasan por los barrios y encuentran a una cantidad de jóvenes permanentemente en esos espacios. Y luego, ¿qué pasa? Dedican canciones en la radio a la Bancada del barrio tal… “Sabemos que ustedes están ahí, estamos con ustedes”. Es decir, hay una contingencia: vamos a mostrar nuestra precariedad para que vean el estado en que nos dejaron.

"La agenda de las necesidades de los jóvenes se hizo a partir de sus propios colectivos. En ese momento surgieron las redes juveniles, todas, tanto en el espacio urbano, como en el rural y en la diáspora. Es más, entre los países de lengua oficial portuguesa, Guinea-Bisáu es el que más asociaciones de jóvenes tiene y eso se reproduce en sus diásporas y demás."

Raquel Paris: ¿Eso es de modo consciente?

Miguel de Barros: Es muy consciente. ¿Qué sucede? Comienza a haber una crítica pública: “ahora los jóvenes no quieren trabajar, se la pasan todo el día sentados ahí, jugando a las cartas, haciendo té y no sé qué”. Porque se produce una sensación muy asfixiante. Los padres ven que los hijos están en una situación en la que no hay esperanza, no tienen capacidad para influenciarlos. Los dirigentes ven que la juventud partidaria no logra movilizar a todos los jóvenes de las Bancadas. Entonces el fenómeno Bancada se inicia. Este fenómeno está acompañado por una fuerte intervención del movimiento de música RAP. Entonces, los jóvenes del RAP comienzan a validar los discursos de los independentistas, a dialogar con esos discursos, a buscar a las comunidades tradicionales, a hacer samples con ritmos americanos, y empiezan a denunciar todo aquello que es precariedad juvenil. Al inicio, hubo una reacción muy negativa. “Ah, estos jóvenes ahora solo andan diciendo malas palabras y no sé qué más”. Todo el mundo consume eso. Todo el mundo. Radios de antena llegan a transmitir hasta 3 horas seguidas solo de RAP. Uno entra al transporte público y escucha RAP. Hasta los niños. Todo es RAP. Entonces hubo una especie de crítica asfixiante, todo el mundo hablando del RAP, denunciando el narcotráfico, denunciando la corrupción, denunciando al clientelismo político, denunciando la violencia doméstica, denunciándolo todo. Entonces, de 1999 a 2012, fue así, un boom. Incluso para la gente de Guinea que está en Cabo Verde, Portugal, Brasil, Estados Unidos; todos produciendo RAP y poniéndolo en el mercado. Y las radios reproducen videoclips, que pasan en Youtube. Entonces hay un ambiente saturado por la crítica de los jóvenes. Y comienzan los programas, comienzan a surgir las financiaciones para emprendedurismo juvenil. Y es cuando el programa de acciones intenta inaugurar, en 2006, una estrategia de empleo joven como respuesta a toda esa presión que los jóvenes estaban haciendo.

Pero las estructuras internacionales, para justificar alguna intervención, obligaron a las redes más potentes a asumir algunas actividades de las asociaciones juveniles. O sea, las asociaciones que luchaban contra esa fuerza necesitaban tener su financiación. Pero para acceder a la financiación y realizar toda la actividad de emprendedurismo, o debían estar jurídicamente legalizadas o debían estar dentro de una red que recibe financiación. Entonces, terminó sucediendo aquello a lo que se denomina precoz institucionalización en el carácter reivindicativo de las asociaciones.

Y es en esa corriente de movilización ciudadana que asumo la consigna de Cabral: pensar con nuestras propias cabezas, andar con nuestros propios pies. Existe el Movimiento de Ciudadanos Conscientes Inconformados, la consigna es “el pueblo no es basura”, en criollo “povu i ka lixo”. Son ellos quienes empiezan a arrastrar gente a las calles, entonces hay una transformación, en un lapso de dos años tenemos más de 20 movimientos juveniles que entran en la agenda pública. No quieren recibir financiación ni que les paguen por los proyectos, pero sí tener voz en el espacio público. Estamos en el momento de mayor efervescencia de carácter contestatario pero también con un propósito de construir, porque debe ser la agenda política. Hay que hacer una reforma profunda, no solo de la elite política que genera la estructura de defensa de seguridad sino también de los oficiales que están dentro de la estructura de defensa de seguridad. Para que esto suceda también es necesario que se haga la propia reestructuración del sistema judicial.

El sistema judicial brasileño, a su vez, posee una dosis excesiva de politización y esta acaba legitimando el carácter violento de la propia fuerza de defensa de seguridad. Y lo más complicado es cuando Brasil cree que recurriendo a la violencia va a poder resolver el problema de las desigualdades sociales. No es creando, por ejemplo, los BOPES (Batallón de Operaciones Especiales) y compañías locales que se resuelven los problemas de marginación y violencia, es a través de políticas públicas ejecutadas también por actores y actrices que tengan un compromiso, como el respeto a los derechos humanos.

Pero ahora el gran desafío es que tenemos que defender los derechos humanos, incluso los de aquellos que nos torturan. Tenemos que ser capaces de ser radicales pero sin perder el humanismo y la integridad. A medida que lo hacemos, significa que no estamos construyendo nuestro discurso público, ni nuestra capacidad de movilización, a partir de la agenda del otro. Si la agenda de Bolsonaro, de derecha, es una cuestión de muerte, nosotros vamos a construir la agenda de la vida y de la convivencia. Entonces, esto no significa no hablar de lo que ellos están hablando, significa hablar de manera diferente. Creo que tuvimos dificultades para construir una contracorriente discursiva, no para dialogar, sino para movilizar las bases que eran necesarias. Ahora bien, con mis amigos brasileños hasta llegué al punto de decirles que es algo bueno, creo yo, que con el régimen de Bolsonaro vamos a dar siete pasos hacia atrás…

"Hay que hacer una reforma profunda, no solo de la elite política que genera la estructura de defensa de seguridad sino también de los oficiales que están dentro de la estructura de defensa de seguridad. Para que esto suceda también es necesario que se haga la propia reestructuración del sistema judicial."

Alberto Aleixo: Igual que con Trump, ¿no?

Miguel de Barros: Sí. Pero después de este proceso se va a dar un despertar de consciencia que hasta los niños van a decir cosas que nadie se imagina. Mientras más tiempo pase, menores serán las posibilidades de construir alternativas. Se combate al adversario con propuestas alternativas, no a partir de su propia agenda. Los conflictos internos de la derecha brasileña son suficientes como para que se aniquilen. Entonces, que se queden ellos con sus problemas que por nuestra parte estamos construyendo.

Es eso lo que debe suceder. Portugal lo hizo muy bien. Portugal llegó a las elecciones con un gobierno de coalición de derecha que no era mayoría absoluta. Los de la izquierda que no se hablaban, se juntaron y formaron mayoría parlamentaria, aprobaron el programa, formaron el gobierno. El segundo partido más votado está en el gobierno, pero de los otros, nadie está en el gobierno. Aún así se están aprobando propuestas en el parlamento, y todos los años se encuentran para discutir el presupuesto general del Estado, el aumento del sistema nacional de salud, el aumento del sistema nacional educativo. Ahora, económicamente el país está creciendo, cuando antes lo que hacía era cortar y reducirlo todo, con una política que venía del Banco Mundial, del FMI, la Unión Europea, etc.

O sea, el problema no está, desde mi punto de vista, en la posibilidad de vencer la lucha, más bien en cómo nosotros vamos a construir nuestra alternativa. Y construir nuestra alternativa pasa por conocer quiénes están en mejores condiciones para liderar esta agenda, donde cada uno después continúa jugando su papel. Ahora bien, mientras más fragmentado, peor, y ese es el mayor riesgo que veo aquí en el caso brasileño.

Y voy a decirles algo, este movimiento de Haddad y de Boulos solo será una alternativa si la cúpula es capaz de integrar a las mujeres, los negros y los indígenas. Solo así. No puede ser un movimiento elitista. El modelo Lula ya pasó, hay que aceptarlo y poner a Lula en su debido lugar, el de quien construyó un país más justo. Lula ya no puede ser la alternativa del futuro, no puede serlo. Los tiempos cambiaron y cuando cambian los tiempos tenemos que cambiar nosotros también, de lo contrario, después vamos a quedarnos a merced de los cambios que sucederán y no seremos nosotros los protagonistas de los cambios. La visión, la energía y el mensaje que Haddad nos trajo en esta campaña ya no son los de la época de Lula.

Gabriele Roza: Desconfío de ellos porque creo que son hombres demasiado blancos como para darse cuenta de que necesitan una innovación en ese sentido.

Miguel: No son ellos los que tienen que darse cuenta, sino que deben crearse las condiciones para la comprensión de que eso debe suceder. El desafío de los movimientos sociales aquí es exactamente indagar esa representatividad, no solo en la base, sino también en la cúpula. Y si esto sucede, muchas personas van a actuar con expectativas, renovando la confianza en la izquierda.

Raquel Paris: Para ir finalizando, estoy segura de que usted conoce bien los paradigmas que utilizamos como pilares aquí en la institución, como el Paradigma de la Potencia y la Pedagogía de la Convivencia. Para que finalicemos, me gustaría que usted explicara cómo ve estas potencias articulándose dentro de Guinea. ¿Cómo empiezan a articularse estas potencias para llevar a cabo este enfrentamiento en el mundo globalizado?

Miguel de Barros: Hay tres finales interesantes en Guinea-Bisáu. La Guinea-Bisáu del futuro, la de mayor consciencia sobre el patrimonio natural y cultural de las nuevas generaciones. Hay una especie de demanda de sustentabilidad, que ahora se transformó en una agenda de casi todos los movimientos juveniles y feministas. Tal vez sea un elemento del cuadro institucional de las ONGs que se extendió a aquello que es la visión del nuevo movimiento feminista y también en un momento en que las organizaciones campesinas tienen mayor visibilidad. Otro elemento importante es que hay otra juventud, mucho más calificada, que se apropia más del país, que tiene mayor conexión con el mundo y que se interesa cada vez más no solo por la vida política partidaria sino por movimientos sociales. A partir de allí podrán también dejar su legado generacional, eso es muy importante. Y, por último, es que también hay cada vez más una consciencia sobre la cuestión de la igualdad de género, que además es favorecida por el movimiento de mujeres y por una diáspora cada vez más actuante, tanto en el campo político como en el campo económico y cultural. Esta es una visibilidad enorme de las mujeres, de las jóvenes que quieren un país, una diáspora, en las artes, pero también en los liderazgos de las organizaciones de algunas entidades. Lo que para mí vendría a ser un elemento aglutinador es que hay que construir una visión compartida del futuro, para que lleguemos a ser aquello que hoy defendemos.

Es una agenda que solo hemos encajado en un marco institucional y político y, así, tiene pocas posibilidades de ser sustentada. Ahora, si se llega a compartir esa visión con la propia sociedad, juntamente con los actores políticos y la propia diáspora de Guinea, seremos entonces mucho más consecuentes y efectivos. Creo que es un gran desafío que tenemos, y algo que no será posible dentro de una desventura política de cuatro años. Primero hay que empezar a crear base para que, a mediano plazo, tengamos algo mucho más favorable. Es eso lo que permitirá la renovación de las instituciones. Es eso lo que permitirá también la propia idea de eficacia de las políticas públicas. Es eso lo que permitirá también que las personas sientan que están en una situación de mayor efectividad de su propia participación y eso me da alguna esperanza.

Si realizamos un paralelismo con el caso brasileño, por ejemplo, hoy se están combatiendo algunas agendas muy importantes, que fueron más bien un consenso entre las estructuras, aun partiendo de demandas sociales, por ejemplo, las cuotas para negros en las universidades. ¿Por qué digo esto? Hay para mí elementos estructurales. Cuando la sociedad no logra de forma normal garantizar políticas equitativas, entonces debe adoptar políticas afirmativas para, por lo menos, realizar ajustes con el fin de que, después, la situación se normalice. Pero esto se debe hacer a partir de dos lógicas: la de un compromiso generacional, para que no sea solo algo esporádico, de un gobierno que posee una base más favorable; y hay que hacer también aquello que, creo, debe ser un contrato social. Este contrato social debe involucrar estructuras políticas en el poder, y aquí me refiero tanto a los órganos que están en el gobierno propiamente, como los supremos, y al propio sector privado. Deben estar todos. Y en ese caso también se debe incluir lo que son, por ejemplo, los movimientos sociales más del campo cultural, para que construyan esa capacidad de hacer efectivas esas políticas.

"La Guinea-Bisáu del futuro, la de mayor consciencia sobre el patrimonio natural y cultural de las nuevas generaciones. Hay una especie de demanda de sustentabilidad, que ahora se transformó en una agenda de casi todos los movimientos juveniles y feministas."

El Estado debería no solo financiar, sino instar al sector privado también a crear espacios de empleo que permitan concretar la propia oferta afirmativa. Lo segundo es que hay que tener la capacidad de crear políticas de inversión y fomento cultural que permitan construir la capacidad de que la universidad y el mercado sean más igualitarios. Cuando esas dimensiones se incluyen, se crea un ecosistema favorable, o sea, no desaparece la necesidad de una agenda política. Es eso lo que sucedió en el caso de las cuotas, es eso lo que sucedió con la cuestión de la deforestación, es eso lo que sucederá ahora también con la cuestión de los derechos reproductivos, porque una vez más tenemos una alianza política que involucra a la “bancada de la fe” y a la bancada que traen los sectores más retrógrados y cerrados, que van a cortar todas las libertades que habían sido conquistadas, pero no garantizadas. O sea, debe haber un contrato social mucho más amplio, y que permita comprometer a los diferentes actores y, después, blindar las conquistas.

Entrevista realizada en abril/2019
Colaboraron: Alberto Aleixo, Gabriele Roza, Gabrielly Pereira y Thaynara Santos
Original en Portugués

Raquel Paris   |   Brasil
Periodista y Coordinadora de comunicación de la UNIperiferias
raquel.paris@imja.org.br
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