v.1  n.1  2018
El Paradigma de la Potencia
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El Paradigma de la Potencia
Narrativas

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Una “Vida” en la Prisión

Scott McMillan  *

Traducción: Cecilia Dinardi y Mariana Costa.

Luego de 14 años detenido y frente a la pregunta “¿cómo fue estar allí”, puedo producir respuestas más amplias y en muchos casos más monótonas que las que provoca usualmente esta pregunta. Es una pregunta recurrente que de una u otra manera me han hecho todos, desde miembros de mi familia, amigos y desconocidos. Sin embargo, menos frecuentes fueron mis respuestas diferentes, que fui cambiando a lo largo de los años, según el tiempo y el contexto. A pesar de la homogeneidad y conformidad generalmente asociadas a las prisiones, a fin de cuentas, la prisión es una experiencia muy personal. Teniendo eso en mente, reconozco que el relato que presento aquí es la mejor interpretación que puedo dar de mi propia existencia y lo que ella significa para mí ahora. También acepto que, aunque a veces pueda generalizar y buscar universalidades, de ningún modo hablo por todos, ya sea aquí en Escocia o en otro lugar del mundo.

En mi experiencia, la respuesta a aquella pregunta común no debería ser un compendio de clichés indecentes sobre las condiciones de vida, la higiene, la cultura de pandillas, la violencia entre pares y el abuso de drogas que la mayoría de la gente parece creer y quiere ratificar.

Tampoco es la ‘vida’ cómoda y fácil que esa misma mayoría se imagina y al mismo tiempo ridiculiza, alentada por la prensa sensacionalista y los políticos que buscan aprovechar la indignación pública sirviéndose de los medios.

La prisión está lejos del discurso exagerado y caricaturizado que precede a cualquier forma de representación. Más lejos aún del espacio privilegiado de rehabilitación y apoyo que es declarado oficialmente por la línea partidaria actual del Servicio Carcelario Escocés (SCE) “Libertando potencias. Transformando vidas”.

De acuerdo con mi experiencia, lo que la prisión realmente es, es un monumento a un potencial desperdiciado. Una trampa para no hacer nada con tu vida. Un escenario para la ira y el miedo de las sociedades. Una narrativa silenciosa del bien contra el mal. Es realmente un lugar donde se tira la basura. Un sistema de gestión de residuos de los más vulnerables y peligrosos de la sociedad, que no se excluyen mutuamente. La manifestación de una barrera entre 'nosotros' y 'ellos'. Más permeable para algunos que otros. Es un lugar fundamentalmente en desacuerdo consigo mismo. Cuidado y control. Retribución y rehabilitación. Segregación y reintegración. Responsabilización e infantilización.

Independientemente de lo que lo que tú o yo pensemos que sea o que deba ser la prisión, ésta sigue siendo el castigo más severo que nosotros, como sociedad libre en el Reino Unido, podemos infligirle a alguien.

Para mí, ahora con 31 años, también es el lugar donde he pasado casi la mitad de mi vida y, lo que es más preocupante aún, es la mayor parte de la vida que recuerdo. Llegué a la prisión por primera vez en el 2003. Fui acusado de asesinato e intento de asesinato. Tenía 16 años. Estaba solo. Y estaba aterrorizado. Pero por razones que luego me daría cuenta eran las equivocadas. Estaba preocupado por cosas inmediatas, como asalto y depredación. Posición y política. Estaba preocupado por usar el teléfono esa noche. Recibir una visita esa semana. Todas preocupaciones genuinas. Pero centradas principalmente en el aquí y el ahora.

Sin embargo, la prisión no es eso - ciertamente no lo es para mí. La prisión es un juego largo. No voy a fingir que no vi violencia, o que no la experimenté algunas veces, pero podría decir lo mismo sobre mi vida antes de haber sido detenido. Entonces, finalmente, después de enfrentar lo peor y de encontrar mi camino, lo que realmente me atrapó fue la sensación de que por mucho que intentara mantenerme conectado con el exterior y con quien yo era, simplemente algo se me seguía escapando.

Poco a poco, a medida que las relaciones se iban debilitando y me separé de mi pareja, las cartas se tornaban escasas y las llamadas telefónicas y las visitas, menos regulares, y todo lo que estaba haciendo realmente era ponerme al día con algunos amigos aquí y allá, o contactando a mi familia de vez en cuando, me di cuenta de que todas las cosas de las que tenía miedo, y de las que tenía seguridad, en realidad ya no importaban. El mundo en el que una vez me pensé central seguía moviéndose en mi ausencia, y todos en él seguían adelante con sus vidas. Una vez escribí sobre el encarcelamiento a largo plazo como una oportunidad para ver cómo sería el mundo si estuviera muerto. Lo reitero aquí porque todavía no he encontrado una analogía más apropiada. Cuando todas mis creencias absolutas del tipo blanco o negro se desvanecieron en pálidos dilemas grises, me di cuenta de que había algo mucho mayor de lo que preocuparme.

¿Quién soy? ¿Ahora que todas las cosas con las que solía definirme se han ido o desconectado? ¿A dónde voy desde aquí?

Y eso para mí es lo que realmente arruina a la mayoría de la gente. Porque no van a ningún lado. Permanecen justo donde estaban y alargan eso tanto que al final no queda nada más que un recuerdo descolorido. No encuentran formas de crecer. Sentir que su vida está yendo a algún lado. Simplemente se asimilan a la implacable, estancada nada en la que están metidos. Es por eso que las drogas son algo tan atractivo en la prisión. Una forma de derretir las paredes. De convertir el no estar en ninguna parte en el estar en cualquier lugar. Para sentir exactamente como solías sentirte. Vital. Pertinente. Real.

Desafortunadamente, ese escape tiende a convertirse en un abismo del que la mayoría no puede luego salir. Ayudado en gran parte por la política penitenciaria que criminaliza de manera efectiva un problema de salud pública como la adicción, al punto de que algunos pasan más tiempo condenados por usar drogas en la prisión que otros por venderlas a granel en las calles.

Entonces, lo que las drogas no se llevan, la política y el funcionamiento y las jerarquías internas sí lo harán. Es uno de los primeros consejos que un experimentado veterinario le daba a cualquiera, al comienzo de una sentencia relativamente larga: ‘Olvídate de lo que está pasando allí afuera. Entra a la prisión. El tiempo volará’. Lo que en varios sentidos no está mal. Simplemente aceptar pronto lo que ya describí que eventualmente ocurrirá y ponerse activamente al frente de eso. Lamentablemente, muchos lo hacen sumergiéndose completamente en el pequeño y estrecho mundo de la prisión. Se definen por esto y nada más. Desesperados por encajar. Sentirse seguros. Ser alguien. Preocupados por ser ‘uno de los soldados’, un ‘verdadero convicto’ con un ‘buen nombre en la prisión’. Todo logrado gracias a la puesta en escena del imperativo hiper-masculino, anti-autoritario y de oposición hacia el cual la prisión está orientada y el cual perpetúa. Un plan básico para la autodestrucción. Delincuentes sin educación bajo medicación, como allá lo dicen, NED’s on Meds[1]. Algo eficientemente y sistemáticamente (re)producido por el estado de prisión. Tienes la suerte de poder salir. Probablemente vas a regresar.

Afortunadamente, tomé la primera decisión sensata de mi vida en prisión preventiva, rechazar mis vicios y evitar las drogas; jugar el juego; aprovechar al máximo cada oportunidad que pueda; y salir lo más pronto posible. Iba a ocupar mi tiempo con 'actividades significativas' como la formación educativa, vocacional y física. Pretendía aumentar mi potencial y dar a mí mismo algún sentido de propósito. Iba a usar este tiempo para hacer que mi vida fuese a algún lado. Y con eso en mente, siento que es necesario hablar sobre la relevancia, o no, de los clichés. Por ejemplo, mi vida hasta llegar a prisión, en retrospectiva, se lee como un conjunto de circunstancias muy deterministas, en las que no voy a entrar aquí, sólo para señalar la ironía de que nadie en ese momento pudo imaginar a donde yo iba a llegar. Sin embargo, a pesar de mi dedicación a los estudios en la prisión, fui completamente hacia otra dirección. Supe ni bien llegué que nunca iba a 'encajar' allí, y después de casi 14 años, todavía no lo hago. Todavía no sé qué fue lo que hizo clic al principio, por más precoz que era, ciertamente no pude verlo como lo hago ahora. Supongo que acepté desde el principio que estaba jodido. El peso de lo que estaba en mi contra era insuperable, y por mucho que lo odiara, sabía que tenía que trabajar desde dentro. Tuve que relacionarme con el sistema y usarlo, para tratar de extraer de él tanto cuanto él iba a llevarse de mí. Tratar de rebelarme contra él iba sólo a atrincherarme aún más, dentro de lo que odiaba. Adherirse al plan era permitirles tomar aún más de mí, y obtener muy poco a cambio.

Entonces, comencé a tomar clases. Inglés, Informática, Matemáticas. Todas las cosas que debería haber estudiado en la escuela. Pero a diferencia de la escuela, esta vez de hecho quería hacerlo, y cuando estaba estudiando, no me sentía como si estuviera en la prisión. A partir de ahí, me inscribí en mi primer curso de formación a distancia en Open University y lentamente pero con consistencia, obtuve un título de segunda clase superior en criminología y política social. Eventualmente, en las últimas etapas del cumplimiento de mi sentencia, junto a dos compañeros de prisión en la misma situación, fundamos un colectivo especial de investigación con varios académicos de alto nivel y estudiantes de doctorado de varias universidades de toda Escocia. Formulamos críticas, avances y producimos investigaciones conjuntas sobre justicia penal y reforma penal, como colegas y como amigos. A través de este grupo extraordinario, me presentaron a las personas adecuadas en el momento adecuado, y gracias a su compromiso y sus creencias, ahora estoy, en lo que espero sea mi último año de custodia, en la única prisión abierta de Escocia, emprendiendo una Maestría a tiempo completo en una universidad líder. Decir que mi experiencia de educación desde que llegué a prisión ha sido increíblemente positiva y transformadora no le hace justicia a la experiencia en absoluto. Lo que comenzó como algo con lo que me relacioné sólo porque lo consideré culturalmente valioso para aquellos que decidirían eventualmente mi libertad condicional, al final cambió mi visión del mundo, de mí mismo y de mi potencial.

Durante ese mismo período, asumí varias funciones de apoyo, defensa y tutoría en los centros de educación e ingreso penitenciarios, y finalmente me convertí en oyente capacitado por los Samaritanos, ayudando a quienes luchan para hacerle frente a las presiones de la prisión. Estos roles de apoyo fueron unos de los pocos caminos en la prisión donde pude sentirme bien acerca de lo que estaba haciendo. Encontré un alto grado de catarsis, así como de recompensa, trabajando en mis propios problemas ayudando a otros a atravesar los suyos. También me mostró vívidamente lo dañada que está la mayoría de quienes ingresan a prisión, particularmente en términos de salud mental, uso de drogas y adicción. La mayoría de las personas llegan a prisión desde una situación de múltiples desventajas, con más del 40% provenientes del 20% de las zonas más desfavorecidas de Escocia. Al estar tan relacionado con mi vida y mi estudio académico, ahora estoy cursando para obtener calificaciones en redes de apoyo en salud mental y terapia.

Además, comencé la formación profesional en la peluquería de la prisión hace unos años. Un amigo me sugirió que me metiera porque ya había desarrollado un conjunto de habilidades básicas a través de prueba y error a lo largo de los años con un compañero convicto que no confiaba en los prisioneros que venían de Glasgow que trabajaban como barberos en el pasillo: las divisiones en Escocia se centran en clase y código postal en lugar de raza como en la mayoría de las otras poblaciones de prisiones occidentales. Tuve la suerte de que la prisión en la que estuve en ese momento era la única en Escocia que ofrecía capacitación y certificación en cursos técnicos y especializados de la City & Guilds[2], así que fui por ello. Resultó que tenía una habilidad especial para eso, y realmente disfruté del trabajo. Esto eventualmente llevó a una pasantía de trabajo comunitario de 11 meses en una peluquería, y una oferta de empleo a tiempo completo al ser liberado.

Entonces, volviendo a los clichés. Habiendo conseguido un título de grado y una práctica, y al haber sido un trabajador y compañero fiable, estaba usando mi experiencia para ayudarme a mí mismo, ayudando a otros. Supongo que ahora sería un buen momento para mencionar que también escribí una novela. En cuanto a los clichés de la prisión, creo que he hecho casi todos, excepto aprender a tocar la guitarra (aunque lo intenté una vez). Pero la realidad, y en mi opinión, el peligro es que estos supuestos clichés no son realmente clichés en absoluto. De hecho, casi nunca se logran. Son lo suficientemente raros a nivel individual. Más raros aún a nivel colectivo. Sin embargo, las personas que no están en la prisión parecen verla como una oportunidad o incluso una ventaja para lograr todas las cosas que les gustaría hacer en sus vidas si tuvieran el tiempo, “es fácil cuando estás encerrado sin nada mejor que hacer”. Eso y la percepción de que a los presos “les entregan todo allí [en la prisión]”.

Sin embargo, la prisión no es un ambiente propicio para el crecimiento y el logro personal. Es un lugar cercado por limitaciones prácticas, culturales y mentales. La educación, por ejemplo, es extremadamente limitada en las prisiónes, especialmente a nivel superior y universitario. De los 7500[3] presos promedio en Escocia, sólo 60 están realizando cursos de estudio de la Open University, sin embargo, esto fue recientemente celebrado por el SPS [Servicio de Prisión Escocés] como un ejemplo de participación masiva en educación superior. Muchos más solicitan este nivel de estudio, pero se les niega, ya que éste es todo el espacio disponible. Además, el estudio de la Open University sólo está disponible a tiempo parcial, lo que significa que sólo aquellos que aún tienen por lo menos 6 años de sentencia por delante podrían completar un grado completo. Siempre que, por supuesto, cada módulo de años sucesivos sea aprobado por el comité de acceso a la educación superior, pero esto nunca está garantizado, ni siquiera cuando la cursada del año anterior haya sido exitosa. El argumento oficial es que simplemente no hay suficiente dinero en el pozo para proporcionar un nivel de educación más alto a más personas, a pesar de que Escocia apoya a cada uno de sus ciudadanos para que estudien su primer grado de forma gratuita. Un hecho que parece haber escapado a la mayoría del personal penitenciario y al público en general, que regularmente expresa su disgusto ante al acceso ofrecido a poquísimos de nosotros, diciendo “Yo tendría que pagar para que mis hijos fueran a la universidad, y usted [preso] la está recibiendo gratuitamente”, que no es el caso.

Contrario al discurso popular negativo que alguien puede leer en tabloides u oír en un fervoroso discurso político, las oportunidades vocacionales y de educación superior en la prisión son mucho menos accesibles bajo custodia que en la comunidad. Lo que está disponible es la educación centrada principalmente en las calificaciones de bajo nivel y las habilidades básicas. Ahora, hay una correlación innegable, que debe ser absolutamente tenida en cuenta, entre aquéllos con bajo nivel de educación e historial de empleo, y aquéllos en custodia. Pero lo que hace la prisión es centrarse en estas necesidades hasta el punto de establecer una barra de aspiraciones debilitantemente baja, que para mí alimenta la cultura negativa, ya fuerte en la prisión, con respecto a la educación y el desarrollo de habilidades. Aquéllos que siguen adelante para alcanzar un nivel superior, reciben el mensaje de que, sea por nuestra incapacidad de funcionar en la comunidad sin el apoyo y la estructura proporcionados por la prisión, o sea por la discriminación activa tras un registro criminal, nuestros logros no serán viables en el mundo real. Y eso me fue relatado de forma bastante clara cuando una profesora, alguna vez, confesó su choque y repugnancia tras participar de una reunión del Higher Education Access Board [Consejo de Acceso a la Enseñanza Superior], donde los gerentes de todos los centros de aprendizaje para presos se reúnen para decidir cuáles son los candidatos que tendrán derecho a estudiar el próximo año. En esa oportunidad, ella escuchó de uno de los gerentes: “¿Para qué vamos a darles (a los presos) diplomas? ¿Qué van a hacer con ello?”. Y aunque yo decida interpretar esa conversación de la forma más complaciente posible - teniendo en cuenta la situación de las personas con antecedentes criminales en sociedades occidentales modernas como el Reino Unido, en donde la política de divulgación trae graves problemas para la (re)inserción en el mercado de trabajo, en los casos donde no se es excluído completamente -, ¿qué nos dice eso, entonces, sobre la provisión de capacitación educativa y vocacional en la prisión, o las perspectivas de aquéllos que participan en ella? Como yo, la mayoría de las personas en custodia tuvieron malas experiencias en la escuela, por lo que la posibilidad de volver a cualquier tipo de estudio parece absurda. Para aquéllos que eventualmente tienen el coraje de volver a intentarlo, para luego ser infantilizados, construidos como déficits, aguantando oír discursos que, aún tras toda su perseverancia, desvalorizan e ignoran cualquier cosa que realicen, todos los discursos negativos sobre la prisión son simplemente reafirmados y reproducidos. Recientemente, SPS reconoció sus fallas en el hecho de que 30,000 de sus 45,000 presos al año se van sin ningún trabajo y sin apoyo, y se ha comprometido a investigar y promover el empleo y la capacitación. Pero aunque la prisión pueda resolver ese problema, otorgando títulos y capacitaciones sólidas , ¿qué hacemos entonces con el “lado de afuera” de la sociedad, en donde la “letra escarlata” como marca del antecedente criminal nos impide o excluye de ponerlos en práctica?

En ese sentido, debemos considerar otro aspecto clave de una cultura negativa generalizada hacia el logro educativo y vocacional en la prisión, que abarca no sólo nuestra incapacidad, sino también nuestro estatus de no merecer nada en la sociedad. Esto tiene una influencia particularmente condenatoria en el discurso cotidiano de mis compañeros de prisión. La sola idea de si alguna vez las actividades positivas que hagamos nos llevarán a algún lugar en la vida; si alguna vez conseguiremos un buen trabajo; o si alguna vez seremos aceptados o tomados en serio, sigue siendo un motivo de burla y duda. Yo mismo, hasta 2015, antes de participar en el colectivo de investigación, hablé acerca de mis logros académicos y potenciales oportunidades de vida únicamente en términos de habilidades transferibles y ética de trabajo. Si tuviera suerte, iba a tener un trabajo como repositor en un supermercado o auxiliar de limpieza en McDonald's. Ciertamente no me imaginé que podría hacer un trabajo académico real. En general existe una actitud derrotista en la prisión del tipo ‘¿Cuál es el punto? Nadie nos va a dar nunca una oportunidad’. Una perspectiva pesimista, pero no infundada, teniendo en cuenta el discurso social generalizado sobre los presos, y particularmente en los medios, cuya influencia se ve en el proceso de toma de decisiones detrás de cualquier iniciativa que vaya a realizarse en la prisión. Somos, tal vez acertadamente, una población vilipendiada y no merecedora, cuyo cuidado, derechos y oportunidades son una fuente constante de disputas y enojo público. Nos retratan consistentemente como las plagas, los flagelos y los monstruos de una sociedad decente, entonces ¿por qué querrían que volviéramos? Pero si creemos que el resto de la sociedad no nos quiere y que, de hecho, ya no somos parte de ella, entonces nos separamos de aquello que percibimos que no es para nosotros o que está activamente en contra nuestro y lo rechazamos. Con respecto a la estigmatización, es poco probable que una población sistemáticamente avergonzada y rechazada esté motivada a aspirar o lograr algo positivo. Lo cual es un problema importante para una sociedad en la que más del 95% de las personas en prisión finalmente serán liberadas.

Esto es lo que quiero decir cuando describo un sistema en desacuerdo consigo mismo. El objetivo principal de la prisión es, aún con todo eso, el castigo. Es el lugar donde la sociedad contiene y controla a los que se consideran un riesgo para el público, privándonos de nuestros derechos y libertades. Dentro de esta construcción, mi posición de identidad como preso es de alguien visto como desviado y un 'otro'. No merezco nada y necesito un castigo. La prisión, en mi opinión, tiene esta parte resuelta. Sin embargo, su objetivo secundario ahora es brindar atención y rehabilitación, abordar los múltiples problemas y desventajas que enfrenta la mayoría de su población para que puedan regresar a la sociedad y vivir una vida normal, con sentido, libre de delitos (sea lo que eso signifique).

Pero su función principal y todo lo que implica sobre la naturaleza de su población hace que sea imposible proporcionar una atención de calidad. Ya sea el oficial del partido laborista tratando de promover nuestra identidad cívica mientras nos recuerda que no tenemos ningún derecho como trabajadores; sea por la enfermera que se supone que está por fuera del servicio penitenciario brindando confidencialidad y confianza, pero trabajando junto con el personal de seguridad para interrogar y disciplinar; sea el trabajador social tratando de reintegrarnos a la sociedad poniéndonos en oposición a ella; o el tiempo adicional de prisión que se cumple mediante sanciones a las conductas más prevalentes en nuestra población, como la salud mental, la adicción y la impulsividad, que la prisión dice tratar y respaldar.

Lo que sea que la prisión trate de ser, no puede evitar ser lo que es.

Además, mi posición de identidad dentro de la retórica de ‘cuidado’ me devalúa igualmente como un proto-ciudadano deficitario que necesita supervisión e intervención. No sé qué es lo mejor para mí o cómo moverme en el mundo real. Ninguna de las dos construcciones ofrece posibilidades de igualdad y paridad con miembros decentes y responsables de la sociedad. El resultado de esa composición he llegado a experimentar debido al hecho de que me corresponde una especie de identidad de ‘niño problemático’. Monstruoso e indefenso.. Alguien a quien no quieren cuidar, pero lo hacen a regañadientes, porque es lo que se debe hacer. Ese es el punto de partida de cualquier interacción y la base en la cual se mide finalmente cualquier avance o mérito personal. Ya sea que se trate del control o del cuidado, la sensación de indignidad y subestimación está siempre presente, alimentando un sistema de ratificación negativa y perpetua que socava todos los intentos de la prisión por hacer algo positivo y a la vez reprime el intento de cada preso de hacer algo positivo dentro de ella.

Eso no quiere decir que no sucedan cosas positivas en la prisión. O que las personas no tomen decisiones positivas allí. Me gustaría pensar que, al menos, mis experiencias son una prueba de eso. También puedo decir, por esas experiencias, que la prisión ha cambiado a lo largo de los años. En el sentido más obvio posible, me pongo feliz al decir que los días melancólicos de falta de agua o energía eléctrica en las celdas, así como el indigno saneamiento de vaciado manual[4] que probé en el comienzo de mi sentencia, son cosas del pasado. Las actitudes están cambiando; las relaciones entre los presos y el personal se están desarrollando; los derechos y la decencia encabezan todas las agendas políticas; la brecha entre la vieja guardia y los nuevos reclutas (personal y presos) se está ampliando. Por supuesto, aún ocurren cosas malas de vez en cuando, pero definitivamente es un lugar menos violento y abiertamente hostil, tanto para los funcionarios como para los presos, de lo que era incluso cuando recién llegué y para aquellos mayores que yo. Un cambio bienvenido ante mis ojos, aunque algunos todavía miran nostálgicamente hacia atrás, aquellos ‘viejos días, buenos y malos’. Pero algunas cosas permanecen constantes, como la inevitable impotencia y el estar desconectado de lo que importa, y la permitida mundaneidad, constante e interminable, de dar vueltas sobre eso. Todo lo que se considera en último lugar, desafortunadamente, si es que de hecho se considera. Un pensamiento preocupante, considerando que el tiempo promedio que se pasa bajo custodia se ha disparado durante el mismo período; lo que significa que la desconexión y la lucha seguramente se tornarán sólo más difíciles de tolerar.

Aquí radica otra paradoja punitiva, y una prueba más del efecto tóxico de sentirse indigno. A medida que los sistemas carcelarios modernos y occidentalizados - en especial el de Escocia, un país que se enorgullece de su vanguardia en el liberalismo y de su justicia social - se vuelven superficialmente más confortables que nunca, y la retórica política se orienta hacia el bienestar y el cuidado, más incentivados entonces están los medios, los políticos y el público a expresar su enojo y preocupación por el estado de nuestro sistema de justicia. Relatos de Presos Consentidos en prisiones de lujo como consecuencia de la Justicia de Mano Blanda (Soft Touch Justice), echan leña al fuego y exigen sanciones penales más duras y más severas, sentencias cada vez más largas, promulgando que la vida signifique vida y pidiendo incluso el restablecimiento de la pena de muerte. Esa es una lógica seguramente aterrorizante que parece tener poco en cuenta la punición aparentemente simbiótica de Escocia como tendencia del bienestar social, con sentencias carcelarias que aumentan constantemente, habiendo Escocia distribuido, proporcionalmente, más penas de muerte que en cualquier otro país europeo, incluso Rusia. Podría parecer que lo confortable que puede estar la prisión, justifica el tiempo que necesitan mantenernos en ella.

Sin éxitos en ese camino, persiste la idea de que, debido a nuestro relativamente confortable y funcional sistema carcelario moderno, así como las condiciones de vida en Escocia y en el Reino Unido, nuestra prisión no es, por lo tanto, una verdadera prisión. Regularmente veo la influencia de esta lógica por parte del personal que se burla de que tenemos habitación y comida gratis, nuestra falta de responsabilidades en el mundo real y el desperdicio de dinero de los que pagan impuestos. Lo escucho incluso entre seres queridos, familiares y amigos que realmente se preocupan de corazón por nuestros intereses, y hasta dicen que nuestra situación 'no es tan mala' al escuchar que tenemos televisores y hervidores de agua. Esto, sobre todo, siempre me ha hecho cuestionar el valor que el miembro de la sociedad promedio otorga a su libertad, privacidad y dignidad, y cuán fácilmente lo dan por sentado. Tener conforto y comodidades hogareñas como la televisión hace que estés encerrado en un lugar que no puedes abandonar, donde nada es realmente tuyo, donde ningún espacio dentro de él, o incluso tu propio cuerpo, está realmente a salvo de intrusiones e interrogatorios durante meses, años o incluso décadas. O la idea de que imponer un muro entre todos los problemas de la vida, la familia, las relaciones, los hijos, las finanzas, el duelo, significa que ya no te afectan ni te molestan. Creo que eso dice mucho sobre cómo nosotros como sociedad percibimos lo que significa ser 'libre'.

Entonces, a pesar de esos diversos factores culturales y estructurales que alimentan la percepción de que yo no era capaz ni digno de realizar lo que aspiraba, o que ni siquiera tendría oportunidad de hacer algo con mis aspiraciones o con mi vida afuera de la prisión, por alguna razón, lo intenté de todos modos. No es que yo sea diferente de los demás o que me destaque de alguna manera - no soy mejor ni más significante que cualquier otra persona aquí a mi lado. Ese fue solamente mi modo de lidiar con la situación. Y mi forma de “resistir” está lejos de ser la única. Muchos de nosotros encontramos maneras de contener la apatía carcelaria y limitar su potencial corrosivo. Encontramos modos de redefinir nuestro sentido de identidad, sea a través de nuestras nuevas dimensiones o de la reinvención y del fortalecimiento de lo que todavía somos, dedicamos todo nuestro tiempo a llamadas telefónicas y visitas, volviéndonos padres, hijos, amigos o compañeros más presentes que nunca.

Sin embargo, siempre llegamos a la cuestión “¿quiénes somos ahora?” En la prisión, muchos, como yo, luchamos arduamente para entender y legitimar esa identidad proyectándola hacia el mundo que está más allá de las paredes. Todos hacemos eso de diferentes modos. Para mí, hacer las cosas que hice en la prisión me facilitó la conexión con los de afuera, porque eso me dio sentido a la vida. Estaba realizando cosas ahora que, a pesar de que ocurran en la prisión, podrían ser hechas en cualquier parte, disminuyendo así el abismo entre mi vida y la vida de mi familia y amigos. Disminuí el recelo que tenían en evaluar lo que deberían o no contarme de su cotidiano, por miedo de hacerme sentir mal sobre mí mismo. Disuadí la pena que sentían por la vida que yo estaba perdiendo. Sobre todo porque, en algunos casos, ¡parecía que yo estaba realizando mucho más cosas que ellos! Y hay algo todavía más raro: en una increíble voltereta, me había vuelto un ejemplo positivo, en vez de un cuento preventivo, para muchos que estaban cerca de mí en la comunidad. Amigos y familiares regañaban a sus hijos desobedientes diciéndoles lo bien que yo estaba, por estar estudiando y haciendo algo de mi vida. Eso me propició un raro tipo de (re)conexión con la vida de aquéllos que amaba y me importaba, permitiéndonos hablar con consistencia de los aspectos positivos de la peor cosa que yo había hecho, y a donde eso, como consecuencia, nos llevó a todos nosotros.

Una parte extremadamente significativa, si no la más importante, de mi proyección en el “mundo real” fue cometer un pecado capital aún más grande de que el que había cometido: empezar una nueva relación durante mi sentencia. Otro consejo dado por la mayoría de los más experimentados y que no escuché, “no tenga nunca una novia en la prisión, es como si estuviera cumpliendo el doble de la pena”. Pero es difícil resistir al deseo de conectarse con alguien y sentirse vital, atractivo y deseado por él o ella, de compartir su intimidad, aunque sólo por teléfono o teniendo una mesa entre los dos. Sobre todo cuando optas por no matar la soledad con las drogas. Entonces, lo que ha comenzado con algunos tímidos coqueteos por teléfono con una buena amiga, despacio se volvió una relación de ocho años y, ahora que puedo estar en mi casa, tengo un bebé en camino. Amo profundamente a mi compañera y estoy increíblemente feliz y orgulloso porque hemos llegado tan lejos juntos. Pero la cuestión de la logística, la paciencia, la confusión emocional y el estrés psicológico involucrados en la manutención de una relación durante el período de encarcelamiento son suficientes para que yo esté completamente de acuerdo con esa idea de que se cumple el doble del tiempo. Por supuesto no es fácil desgastar y aguantar los límites rígidos impuestos entre tú y tu compañera, que roban cualquier momento de felicidad, proximidad e intimidad que pueda tener en una visita semanal de 45 minutos (eso si está en una prisión cerca de tu casa). A menudo ese momento es afectado por un oficial que decidió que la pareja está sentada muy de frente en sus respectivas sillas; que se están apretando demasiado las manos, llegando hasta a separarlos físicamente en las pocas oportunidades que tienen de abrazarse o besar (una al comienzo y otra al final de la visita), revisando sus bocas o llevándolos para controles íntimos por sospecha de contrabando de cosas ilícitas. O aún cuando, en el pasillo, usando uno de los cuatro teléfonos públicos de la prisión a disposición de los 80 presos en cada piso, se intenta tener charlas significativas y compartir sus pensamientos más íntimos, sabiendo que cada minuto de la llamada, junto a sus detalles personales son registrados y vigilados por el equipo de seguridad. Más frecuente de lo que se imagina, eso se vuelve una sucesión de frustraciones, lágrimas, discusiones, sospechas, dudas y resentimientos del deseo irracional de cambiar algo que no puede cambiarse. Es una vida de incertidumbres y del constante cuestionamiento “¿podemos hacerlo?” ¿Lo lograré? Es intentar llenar el vacío existente entre la pareja con conversaciones sobre el futuro que tendrán, pero aquí y ahora son siempre solitarios, uno sin el otro, siempre teniendo miedo de perderse en medio de todo eso.

Creo, por razones bastante obvias, que las relaciones en la prisión son muy difíciles. Pero además de las barreras institucionales físicas, las relaciones se vuelven increíblemente difíciles por las mismas actitudes y discursos negativos que hacen difíciles todos los demás aspectos de la prisión. Existe la idea de que la conexión que hace una pareja cuando uno de ellos está bajo custodia no es “real”, así como su crecimiento personal y sus experiencias de vida, calificaciones o habilidades. Nada de eso cuenta de la misma manera que para las personas reales, que tienen vidas reales, experiencias reales y relaciones reales. Y muchos se sienten cómodos en hacer críticas desmedidas y en dudar, de modos que serían inimaginables en cualquier otro contexto. Personas que no conozco y, en algunos casos, que mi compañera poco sabe quiénes son, se sienten cómodos en cuestionarla sobre la razón de involucrarse con alguien como yo (un preso). La llaman loca, dicen que no soy fiable y que sigo con ella sólo porque tengo tedio o estoy solo, afirmando que voy a dejarla cuando esté libre. Por otro lado, muchos compañeros presos a lo largo de los años, desde amigos íntimos hasta personas desconocidas, me han dicho repetidas veces que estoy “loco”, aconsejándome romper la relación antes que ella me abandone por otro, si ya no me está traicionando. Hasta mismo la familia y los amigos - reafirmo, deseándonos lo mejor de corazón - tienen dificultad en dignificar y legitimar esas relaciones, de modo similar a su actitud respecto de las condiciones de nuestra prisión; tan fuertes son sus creencias.

Para aquellos que logran sobrevivir a todo eso, al aproximarse la hora de volver a casa para realizar los sueños que han cultivado para mantenerse sanos, surge otra etapa de intromisión y vigilancia. La prisión y el equipo de justicia comunitario se involucran en la eficacia de su relación, al hacer una evaluación de asistencia social no sólo de su relación, pero también de su compañero o compañera, así como de su casa y de su familia, sobre todo si él o ella tienen hijos. En caso afirmativo, otro asistente social infantil y familiar será designado para hablarles, notificando al profesor responsable por la orientación escolar del niño o de la niña que el compañero o la compañera de su madre o de su padre está en la prisión - y todo eso en contra la voluntad de los padres y sin su consentimiento. Y mientras toda esa desconcertante invasión está pasando, los mensajes transmitidos consistentemente por los abogados son las mismas que los de los demás. Justifican que todo eso es necesario para salvaguardar y proteger a “ellos” de “mí” porque represento un riesgo real para la seguridad pública y que su aptitud para responsabilizarse por el niño o niña es cuestionable ya que ha invitado a un infractor violento a la vida de su familia. Aquellos que tienen una buena relación con la asistente social de la comunidad pueden tener un trato más delicado, oyendo cosas como “no tenemos ninguna preocupación con el preso, eso es puro protocolo y tenemos que seguirlo para mantenernos a todos seguros”. Permitimos que declaraciones como esa disminuyan y nos alejen de la naturaleza intrusiva del proceso y sus implicancias, pero ellas se desvanecen de todos modos. Y ahora que la relación de ustedes fue evaluada, él es sujeto a un constante escrutinio - tanto como factor de riesgo o de estabilidad -, además de las altas y bajas previstas en cualquier relación “normal” que, de repente, se vuelven indicadores de su habilidad (como preso) de funcionar en la comunidad.

Finalmente, una parte importante de la experiencia penitenciaria que siento que se pasa por alto en favor de algo más emocionante, o sólo se deja de lado completamente por ser vista como trivial, es el impacto del pequeño autoritarismo y la burocracia. Pero eso es lo que es la prisión, una organización grande, totalizadora, neoliberal y extremadamente reacia al riesgo, diseñada para dominar y controlar a quienes están a su cargo. Es un lugar donde un grupo de personas tiene poder absoluto sobre otro. Y aunque no niego que ha habido y siempre habrá casos de abusos graves y mala conducta por parte del personal, en mi experiencia, éstos son raros. Lo que es constante y universal, sin embargo, son las pequeñas cosas. La micro-violencia. Pequeñas demostraciones y abusos de poder para recordarnos algo que nunca olvidamos, en primer lugar. Eso es la prisión para mí. Que te palpen desnudo porque llegaste cinco minutos tarde al trabajo. Que te hagan una prueba de detección de drogas porque estás con gripe. Que tu familia viaje 50 millas para visitarte y les digan que no pueden entrar porque, a pesar de que tienen identificación fotográfica y el oficial en la puerta de embarque los conoce, no tienen encima una factura de servicios públicos de los últimos tres meses. Luego se les dice que no pueden entregar los artículos permitidos que te trajeron porque ahora no encuentran el formulario que sabes que completaste y entregaste. Que te entreguen sólo la mitad de los DVDs de una serie que te enviaron porque estás por encima de tu límite de 30 discos. Es una nueva regla que dice que ya no puedes tener la taza de cerámica que has tenido durante 7 años porque alguien en una oficina decidió que podría usarse como arma. Ya no se permite guardar tu propia colcha o fundas de almohada porque alguien en la misma oficina decidió que eran un riesgo de incendio. Te presentan un informe disciplinario por tener cuatro toallas en la celda, en vez de dos. Te buscan por sospecha de hacer ‘licor’ porque tienes 'demasiada fruta'. Es dar por terminada tu visita por tomarte de la mano con tu pareja. Es ser detenido y cuestionado por ninguna otra razón más que porque el personal así lo siente ese día. Son todas estas pequeñas cosas destructivas, y el impacto mayor que potencialmente tienen en nuestras vidas, nuestro progreso, liberación bajo libertad condicional, todo el tiempo, día tras día, semana, mes y año tras año, que se combinan y desaparecen. Cosas que con razón conducirían a la persona promedio a la locura, pero no podemos darnos el lujo de reaccionar.

Todo esto mientras que somos colectivamente evaluados y controlados en términos de riesgo por personal que no hemos conocido, en reuniones a las que no podemos asistir, se nos juzga con información a la que no tenemos derecho a ver, y por lo tanto no podemos interrogarla o verificarla por completo. Persiguiendo informes reportados por el gobierno, gerentes del sistema carcelario, agentes penitenciarios, psicólogos, trabajadores relacionados a salud mental y apoyo a las adicciones, así como trabajadores sociales de la prisión y de la sociedad. Con nuestras relaciones personales cercanas con parejas, familiares y amigos siendo investigadas por 'estabilidad'. Quedarse retenido durante años en listas de espera atrasadas por programas de intervención centrados en ofensas cuya eficacia es infundada. O ver pasar los meses esperando un lugar en instalaciones especializadas en las que debemos someternos a prueba antes que seamos evaluados para la liberación. Ver cada obstáculo impactar sobre la próxima fecha importante. Hacernos sentir que el tiempo que esto nos cueste como consecuencia, incluso si excede nuestra sentencia original, no es importante. Tener que evidenciar constantemente el camino de progreso y desarrollo personal, pues no es suficiente comportarse y obedecer. Tener cada aspecto importante de tu vida y de sí mismo, reducido a un puntaje en la evaluación de riesgos para determinar la amenaza que planteas para la sociedad. Tener que aprender las reglas del juego o eternamente volver al primer paso..

Al principio tomé la decisión de conocer a mi enemigo, aprender el lenguaje y demostrar habilidades. Y aunque me ha servido bien en términos de navegación por el sistema, lamentablemente, estoy tan versado en eso que incluso con mi familia y amigos durante los períodos de vacaciones en el hogar comunitario, me resulta difícil no enmarcar las cosas buenas de mi vida en el contexto de reducción de riesgo, de construir mi capital y darme la estructura que necesito para mantenerme fuera de problemas. Realmente espero detener esto algún día, y hablar de esto únicamente en términos de alegría.

Entonces, ¿qué más puedo decir sobre la prisión? Después de todo este tiempo, y gran parte de mi vida, es demasiado grande para cuantificarlo realmente. Estoy frustrado incluso tratando de hacerlo. En este momento, pensando en todo lo que he dicho aquí, digo: “No es suficiente. Me he salteado demasiado. No he explicado bien las cosas”. Todo parece desarticulado y en desacuerdo conmigo mismo. Resistencia en la aceptación. Desconexión, reinvención y reconexión. Un modelo ejemplar demonizado. Un fracaso exitoso. Otro reintegrado. Mi relato es tan controversial como el sistema que describo. Para confundir aún más, cuento esta historia mientras estoy en una especie de limbo, en las últimas etapas de mi sentencia, viviendo un poco adentro y un poco afuera del encarcelamiento y asimilando, a él, problemas de la sociedad. ¿Tal vez debería explicar todos los aspectos de la sentencia, de la progresión y del sistema condicional de Escocia? ¿Dedicar un párrafo únicamente a las dinámicas de reintegración a la sociedad? No lo sé. Todo lo que realmente sé es que las prisiones y los presos son más que los titulares que lees en el periódico o las historias que escuchas en las noticias. Somos más que las estadísticas que llenan los documentos del gobierno y las publicaciones académicas. Somos más que los monstruos, o los fracasos de la sociedad. Nuestras vidas, nuestros problemas, nuestras esperanzas, sueños, aspiraciones y temores, no son diferentes a los tuyos. Somos humanos. Defectuosos. Peligrosos en algunos casos. Pero humanos de todos modos. Y la prisión es un lugar inherentemente perjudicial para los humanos. Sin embargo, la sociedad sigue encontrando maneras de enviar a más y más personas allí por más y más tiempo. Algunos son enviados para recibir un castigo. Seguridad. Rehabilitación. Apoyo. Algunos son enviados para ser olvidados. Algunos porque la sociedad sólo no sabe más qué hacer. Cualquiera sea la razón, me siento seguro de decir que la prisión no nos hará mejores, o a la sociedad más segura, simplemente nos lastimará a todos, de una forma u otra. Cualquier bien que logremos, se hará a pesar del desapego inquebrantable y vacío que estamos obligados a aceptar como 'vida'.

Por último, hay algo inherentemente tóxico a la prisión, no sólo como lugar, sino como concepto, que denigra y desvaloriza todo lo que toca, al punto que logro ver exactamente por qué muchos de mis compañeros todavía dicen que cumplí mi sentencia de forma completamente equivocada y nunca soñarían con seguir mi ejemplo. La doxa de la monstruosidad, del no merecer, de la incapacidad y de la ilegitimidad es tan fuerte que, aun estando aquí  con un título, una profesión, una alianza de largo plazo, una casa a donde irme, oportunidades de empleo y aun teniendo ya mi libertad condicional a punto de aprobarse en primera instancia, así como habiendo pasado sin problemas por el sistema de progresión de la prisión, para muchos presos soy únicamente un ingenuo y delirante “infractor primario” que tendrá dificultades en el mundo real y cuyo éxito hasta ahora se basa en estar quieto, un consentido y no “verdadero criminal” como ellos. Entonces, para todos aquellos que hacen lo mejor que pueden para resistirse a lo tóxico de la prisión, de forma de no extenderse la pena, les brindo mi admiración. Porque de los ladrillos al mortero, de la política a la práctica, de la sociedad a la cultura, las adversidades están verdaderamente en contra nuestro, a cada paso del camino.

La prisión es un mal necesario, aunque sea porque ahí es donde yo sé que merezco estar. Realicé cosas increíbles en mi tiempo aquí, probablemente algunas de las cosas más importantes que hice en la vida y tal vez nunca lo hubiera hecho en otras circunstancias. Pero es por eso que puedo decir, con seguridad, que lo que es la prisión y lo que trata de ser, no funciona, sea porque soy una de las poquísimas excepciones que, desafortunadamente, prueba la regla.


[1] Non Educated Delinquent (NED) es un término derogatorio escocés para referirse a los ‘barrabravas, patoteros y criminales de delitos menores, estereotípicamente vestidos con ropa casual deportiva’.
https://en.wikipedia.org/wiki/Ned_(Scottish)
[2] Grupo de empresas que tienen como objetivo desarrollar competencias en individuos, negocios y economías para que puedan progresar. Está asociado al asesoramiento vocacional.
[3] Escocia es un pequeño país que posee una población de alrededor de 5.404.700, por lo tanto, el número de encarcelados es de 136 por 100.000, estando entre los más altos niveles de Europa.
[4] En el original “slopping out”. Se refiere al hecho de vaciar diariamente recipientes destinados a los excrementos humanos,  anterior al uso de los aparatos sanitarios.

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