v.02  n.02  2018
Democracia y Periferia
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Democracia y Periferia
Narrativas
El cuerpo en el bulto: En forma de Periferia

Shahd Wadi

                                                                                                                Traducción: Sol Ahumada

I am become a Palestinian
June Jordan

El cuerpo en el bulto: En forma de Periferia[1]

Soy Palestina, me dijeron. Nacida en Egipto, aún era una niña viviendo en Jordania cuando me dijeron que era Palestina. Susurraron en mis oídos mi historia de palestina. Me contaron que sí, soy palestina, porque mi familia fue obligada a un exilio en 1948 después de Nakba[2]. Al-Muzayri’a, nuestra villa, fue despoblada, vaciada de vida, y hasta su existencia en el mapa fue extinta[3]. Durante nueve meses los cuerpos de mi familia fueron arrastrados en una caminata hacia el exilio hasta llegar a Ramallah. Fueron los mismos nueve meses que le llevó al cuerpo de mi abuela, marcado por la derrota, para dar a luz su noveno hijo, el primer y último hijo del exilio: mi padre.

¿Será que mi destino es ser la hija de la última persona concebida en Al-Muzayri’a antes de la partida? ¿Será por eso que conozco el olor de una tierra a la que nunca fui?, o ¿será que soy apenas la hija de un palestino que dio inicio a la generación de Al-Muzayri’a nacida en el exilio?, un exilio que será, también, eternamente mío.

Un segundo exilio fuera de Palestina fue el destino de mi familia en 1967, cuando se instaló en Jordania[4]. Durante años, mi familia caminó con la carga del exilio, la que se convirtió, quisiese yo o no, en mía también. Yo, que conocía Palestina de ver apenas la nostalgia en los cuerpos.

A pesar del reencuentro de mi padre con Palestina treinta años después de su ausencia del lugar[5], después de 1967, la nostalgia se aferró al cuerpo de mi padre, resistiendo y negándose a salir: “volví finalmente al lugar, pero el lugar no volvió a mí” escribió en su libro Homes of the Heart (2007:106)[6]. Una cosa, una única cosa, él consiguió llevar en aquel cuerpo de nostalgia palestina, una única cosa, que permaneció intocable e inmutable. Fue cuando mi padre abrazó la lluvia palestina: “lluvia como ninguna otra lluvia; Ramallah tiene sus propias tormentas, sus relámpagos, y su lluvia” (2007:104). Y, así, corrí yo también para encontrarme con ese lugar, el lugar que ya abracé en las palabras de mi padre, un lugar al cual me dijeron que pertenezco.

Durante mi primer regreso a una tierra que nunca conocí, tuve la oportunidad de visitar la villa de una amiga que se encuentra muy cerca de Ramallah. Khalto Ansaf señaló una montaña en el fondo mostrándome mi villa, al-Muzayri’a, y me dijo “tu villa es el inicio de la ‘frontera de ellos’”. Aquella villa que nunca vi, pero que siempre soñé abrazar como mía, estaba allí. “Allí” estaba mucho más cerca para quien pasó la vida viendo a al-Muzayri’a como un lugar abstracto. Un auto pasó al lado nuestro, dentro de él, un colonizador tocando bocina, como un grito, para avisar que nuestra existencia perturba a los colonos. El automóvil pasó a mi lado y se dirigió hacia mi al-Muzayri’a. En tanto, yo me quedé donde estaba. En aquel momento y con el cuerpo paralizado, conseguí, sí, pasar la frontera y llegar a mi villa, aún estando paralizada. Percibí, sentí y decidí: soy palestina.

En mi primer regreso a una tierra que nunca conocí, hice una visita ilegal, pero que defiendo como mi derecho, al mar de Haifa, ocupado en 1948, el mar de donde viene la lluvia de mi padre, la lluvia como ninguna otra lluvia. Sentí las olas robadas por la ocupación apretar mi cuerpo por primera vez y muy probablemente por última, y sentí la sangre correr, deslizarse por mis piernas. No fue la primera vez que vi sangre salir de mi, ya me habian dicho hace unos años que me había convertido en mujer, pero fue solo en aquel momento en que sentí el mar y la sangre, y percibí, sentí y decidí: un cuerpo.

En 1998, cincuenta años después de Nakba, en una montaña al pie de al-Muzayri’a, en un mar que envía su perfume hacia mi villa, sentí la Nakba que mi cuerpo carga en la espalda. La Nakba que estaba adormecida en un cuerpo cargado de memorias y cicatrices del exilio. Un cuerpo dentro de un bagaje lleno de nostalgia de una casa que nunca conoció: Palestina. Mi relación con Palestina es una relación corporal, fue el casi encuentro de mi cuerpo con al-Muzayri’a y con su mar el que me hizo comprender que este encuentro aún no se realizó. En una tierra y mar que siempre me pertenecieron y nunca me pertenecerán, me torné un cuerpo palestino.


[1] Este texto es un estracto de mi libro Corpos na Trouxa (trouxa, en portugués: pequeño equipaje improvisado, fardo de ropa o bulto con diferentes objetos). El título fue modificado, adaptándolo a esta revista.
[2] Nakba es un término árabe que significa “catástrofe”, y es utilizado generalmente para referirse al éxodo palestino, después de la destrucción de más de 530 ciudades, villas y aldeas palestinas y de la expulsión de más de dos tercios de la población palestina de su tierra; 774 ciudades y villas pasaron a ser controladas por las fuerzas Israelíes y muchas familias fueron forzadas a dejar sus residencias en Palestina. Las atrocidades de las fuerzas israelíes incluyeron más de 70 masacres, con más de 15.000 personas palestinas masacradas. El día de Nakba es el dia en que Israel anunció la fundación del “Estado israelita”. En la cultura palestina, este término está íntimamente ligado a la tristeza, sentimientos de pérdida, traición y tragedia. El informe de Palestinian Central Bureau of Statistics (2012) muestra que 1,4 millones de personas viven en la Palestina histórica en 1948, aproximadamente 800.000 fueron expulsadas de su tierra natal. Hasta enero de 2017, 5.340.443 de refugiados fueron registrados en la UNRWA – La Agencia de las Naciones Unidas de Asistencia a los Refugiados de Palestina en el Oriente Próximo. Esta es apenas una estimación que no representa el número real de refugiados, dada la presencia de refugiados no-registrados, como, por ejemplo, las familias que no son consideradas elegibles para recibir la ayuda de la UNRA, o las familias que se volvieron refugiadas después de 1948.
[3] Al-Muzayri’a es la villa de origen de mi familia, situada en el distrito de al-Ramla. La villa fue completamente limpiada étnicamente por las tropas terroristas judías, como parte de la operación Dani el 12 de julio de 1948 (pueden encontrar más informaciones sobre la villa en  www.palestineremembered.com/al-Ramla/al-Muzayri'a/index.html). En una entrevista realizada con Suleiman Wadi, mi tio, me contó que mi familia dejó la villa con el resto de los habitantes después del asesinato de dos hombres de la villa que eran parte del grupo de resistencia. La población también dejó la villa después de oír rumores sobre violaciones que acontecieron en la villa de Deir Yassin. La familia llevo un colchón y partió, pensando que iban a dejar la villa solo por unos días; hasta ahora nunca más consiguieron volver.
[4] La segunda derrota de Palestina acontece en 1967. Es designada por  Naksa y se refiere al resultado de la llamada “Guerra de los seis días” entre algunos países árabes e israel, que resultó en la ocupación completa de Palestina y trajo más tragedia al pueblo palestino. Naksa significa “la recaída”. Es un término utilizado, por ejemplo, cuando una persona vuelve a enfermarse. En el caso colectivo palestino, Naksa es una recaída después de Nakba.
[5] Después de los acuerdos de Oslo en 1993, cerca de 200 mil palestinos fueron autorizados a regresar a Cisjordania con documentos de identidad palestina (Hawiya). Este grupo que volvió fue autorizado a entrar solo en Cisjordania. Mi padre podría volver a su ciudad natal, pero nunca a su villa de origen, ocupada en 1948. A pesar de ser fuertemente crítico de los acuerdos de Oslo, su deseo de volver a las “casas del corazón”-como las llama en su libro- lo obligó a aceptar un retorno condicional. Los acuerdos de Oslo no beneficiaron a los palestinos y fueron engañosos, ya que quedó claro que las autoridades israelíes han controlado casi todos los aspectos, incluyendo el regreso de mi familia. Los documentos de identidad verdes son emitidos por las autoridades palestinas, pero sujetos a la aprobación israelita. Tanto mis padres como yo fuimos autorizados a tener el documento de identidad, pero no mi hermano, por lo que el retorno de la familia no fue completo, y limitado a visitas ocasionales, de las cuales mi hermano fue siempre excluido.
[6] En este trabajo todas las traducciones de árabe para portugués son mi responsabilidad. Por las traducciones al inglés agradezco a Adriana Bebiano.

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