edición litafrika

periferias 8 | litafrika: Encuentros Artísticos

ilustración: Mateus Rodrigues

La primera mujer

Jennifer Nansubuga Makumbi

| Uganda |

junio de 2023

traducido por Bruna Macedo de Oliveira Rodrigues (Laboratorio de Traducción de la Unila)

fragmento traducido de The First Woman
(Oneworld, 2020)

*

Nsuuta movió la cabeza como los grandes lo hacen cuando se rinden ante una criatura manipuladora. "¿Cómo se inicia la historia de nuestro estado original?"

"Desde el principio."

Nsuuta tomó la mano de Kirabo y la entrelazó a la suya, ‘En el principio..."

"Kin, tú eras nuestros ojos.’ para Kirabo las reglas de etiqueta de la narración de historias tenían que ser observadas.

"... los humanos eran meros residentes de la tierra. No éramos sus dueños, no la gobernábamos: la compartíamos igualmente con las plantas, los insectos, las aves y los animales. Pero entonces un día nuestros ancestros se dieron cuenta de que podían ser mucho más –podían ser dueños de la tierra y reinar sobre ella–. ¿Sabes qué hicieron?"

"No."

"Inventaron historias."

"¿Historias?’ Kirabo se había imaginado guerras.

"Sí, historias que justificaran nuestro dominio. Primero, se les ocurrió Kintu y lo convirtieron en el primer humano en la tierra. ¿Y qué significa ser el primero?"

"Ser el vencedor y el líder. Oh, y ser el dueño."

"Exactamente. El primer hijo es el heredero. El primogénito tiene poder. Hasta la primera esposa detiene el poder. Aquí en Buganda creamos a Kintu que se casó con Nnambi y trajeron a la tierra todas las plantas y criaturas del cielo. Los europeos decían que su dios lo creó todo y luego les dio la tierra para que la nombraran y gobernaran. Existen historias semejantes en todo el mundo para justificar el dominio humano. Los humanos se dieron tanto poder a sí mismos que hasta pueden destruir el mundo si lo desean."

"Destruir la tierra, ¿cómo?"

"Cuando era joven, había frutos del bosque, vegetales, ñames y otras plantas por todos lados. Pero ya no existen porque la gente limpió kilómetros y kilómetros de toda la tierra para dar paso a plantaciones de cultivos comerciales, traídos por los Europeos. Miles y miles de especies de plantas fueron reemplazadas por solo dos: el café y el algodón. En poco tiempo, los animalitos e insectos que vivían en el suelo también van a desaparecer."

"Kdto", a Kirabo le cayó la ficha. Dicho de aquel modo, los humanos eran despreciables.

"Debido a estas historias, nos apoderamos de territorios – esta colina es mía... esa planta es nuestra. Las criaturas que no podían defenderse fueron domesticadas y aquellas que se resistieron, fueron perseguidas." Nsuuta suspiró anunciando la catástrofe. "Pero entonces un día, los varones ancestros dijeron: Mujeres, deténganse. Ustedes no pueden participar."

"¿Por qué?"

"Del porqué vamos a empezar la próxima vez." Nsuuta puso de pie.

"No puedes parar así, Nsuuta; me vas a matar. Es como darle agua a una persona sedienta y quitársela cuando solo ha tomado un poquito."

"Vete a casa; estoy agotada."

"¿Vuelvo mañana?"

"Mañana es muy temprano. Necesito descansar."

"Entonces, ¿cuándo?"

"Dentro de tres, cuatro días. Ahora vete, o voy a olvidarme del resto de la historia."

 

Después de comer, Nsuuta guardaba los envoltorios de comida mientras Kirabo lavaba los platos detrás de la cocina. Entonces Kirabo se sentó y esperó.

"¿En qué quedamos ayer?" Le preguntó Nsuuta.

"Cuando a las mujeres se les prohibió apoderarse de tierras y animales."

"Oh, sí, y eso porque los ancestros habían contado otra historia: que las mujeres no eran de la tierra."

"¿Cómo que las mujeres no son de la tierra?"

"Los ancestros vieron el universo como que dividido en cuatro reinos. Tráeme el lápiz que está encima de la estantería’, señaló Nsuuta sobre la cabeza de Kirabo hacia la estantería, "y el cuaderno kasuku. Voy a enseñártelo."

Abrió el cuaderno en una página nueva, lo puso en el suelo y dibujó una brújula en forma de cruz. "El primer reino era el cielo", escribió, el Cielo donde estaría el Norte. "Luego el Inframundo", lo puso en el punto Sur, "después el Mar", lo puso en el punto Oeste, "y, por fin, la Tierra", la puso en el punto Este. "Esta es la brújula de los ancestros."

Kirabo miró fijamente la brújula. Tenía más sentido que aquella colgada con chinches en la pared de su aula. Se sentía tentada a decir: Pero no eres realmente ciega, Nsuuta. Sin embargo, se lo tragó. 

"El cielo era el mundo de los dioses, ¿sí?"

"Sí."

"El inframundo es donde los muertos inician una nueva vida, ¿sí?"

"Sí."

"Si la tierra pertenecía al hombre, ¿qué es lo que queda?"

"El mar."

"Ah, ajá. El mar, decían los ancestros, era el reino de la mujer."

"¿Quéééé? ¿El lugar de las mujeres era el agua?"

"Y si era así, no podrían compartir la riqueza de la tierra, ¿verdad? Si ustedes quieren propiedades, les dijeron a las mujeres ancestras, vuelvan a su mar y apodérense de todo lo que anhelen."

"Yii yii, ¿y eso incluso cuando ellos veían a las niñas nacer igual que los niños?"

"Ellos dijeron que la primera mujer salió del mar mientras que el primer hombre emergió de la tierra."

"Pero esto no es cierto. Nnambi era hija de Gulu. Ella vino del cielo."

"Gulu era su padre; ¿pero quién era su madre?"

"Ella no tenía una madre, solo un padre y hermanos."

"¿Te das cuenta? Le habían encontrado un hueco a su primera historia sobre Kintu y Nnambi y lo taparon. Ahora, Nnambi tenía una madre. Una mujer que, al parecer, salió del mar. Su nombre era Nnamazzi. De hecho, dijeron que Nnamazzi trajo todos los cuerpos de agua que están en la tierra."

"¿Qué? Nunca he oído hablar de ella."

"Porque esta historia estaba enterrada." Al ver que Kirabo no contestaba, Nsuuta continuó. Al parecer, Nnamazzi era tan magnífica que Gulu apenas la vio quedó fascinado. Ella le dio muchos hijos, incluso Walumbe, el diezmador, y Kayikuuzi, el excavador, pero solo una hija, Nnambi. Entonces un día, después de años y años juntos, Nnamazzi, sin provocación, sin explicación, se levantó y regresó al mar. Y nunca más volvió. Gulu tenía el corazón tan hecho pedazos que nunca más se casó nuevamente. Crió a sus hijos solo. Así que si la primera mujer vino del mar y regresó a él, el lugar de las mujeres era allá.’

"Me gusta Nnamazzi. Me gusta haber salido de ella."

"Concéntrate, Kirabo; ella es una historia. Una historia que agravó nuestra situación. La usaron para vincular nuestro estado original al mar. No te das cuenta, pero los ancestros le tenían un miedo tan irracional a la naturaleza de las mujeres que intentarían de todo para mantenerlas bajo control. Sostuvieron esta historia señalando al mar. Al parecer, tanto las mujeres como el mar son desconcertantes, cambiantes: hoy son esto, mañana aquello otro."

"¿Cómo es que el mar es cambiante?"

"El agua no tiene forma, puede ser esto, puede ser aquello, depende de dónde fluya. El mar es inconstante, no puede ser domesticado, no cede al cultivo humano, no puede ser poseído; no se pueden dibujar fronteras en el océano. Para los ancestros, el lugar de las mujeres era el mar como en el matrimonio."

Kirabo crujió los dientes porque los ancestros, especialmente los varones de Ganda, eran demasiado tontos para vivir. "¿Y para ellos la tierra les pertenecía a los hombres?"

"La tierra estaba domesticada. Hacía lo que le mandaban. Ellos la labraban, le echan semillas y unos meses más tarde cosechaban. La demarcaban y eran sus dueños."

"¿Cómo en el matrimonio?"

"Exactamente."

"¿Y fue así que a las mujeres se les impidió ser dueñas de las riquezas de la tierra?"

"Las historias tienen un poder que no te lo puedes imaginar. Esa les convirtió a las mujeres en migrantes en la tierra. Desde entonces, las mujeres han estado desarraigadas –trasladadas no solo a través del lugar, sino también de clanes, de tribus, de naciones, e incluso de razas. Acá en Buganda, ellos vendían principalmente a niñas y mujeres como esclavas a los árabes. Se las consideraba desarraigadas."

El pecho de Kirabo subía y bajaba, subía y bajaba. Ella se imaginó a las mujeres arrojadas al mar –nadando, ahogándose, luchando contra tiburones, construyendo casas bajo el bar, siendo tragadas por ballenas, después mujeres siendo vendidas a los árabes, siendo brutalizadas en Buwarab y sus reclamos siendo ignorados. Entonces explotó: "¿Pero no podían ver que las mujeres no tenían branquias ni aletas?"

"No me hagas decir lo obvio, Kirabo," Nsuuta se impacientaba. "Además, el mundo está ciego. La vida es demasiado rica para que el ojo vea todo lo que miramos. Tú crees que puedes ver, pero en este momento estás ciega."

Kirabo miró a los ojos de Nsuuta.

"Sí, Kirabo," le contestó Nsuuta a la pregunta que tenía en mente. "Solo comencé a mirar lo que había visto toda mi vida después de perder la vista."


 

Jennifer Nansubuga Makumbi | UGANDA |

Jennifer Nansubuga Makumbi posee un doctorado de la Universidad de Lancaster y ha enseñado en numerosas universidades en Reino Unido; en 2018 gana el prestigioso premio “Windham-Campbell”. Su primera novela Kintu ganó el “Prix Transfuge du meilleur premier roman français” en 2019, y en el mismo año, su colección de historias cortas Manchester Happened fue seleccionada para “The Big Book Prize” concedido por Harper’s Bazaar. Por The First Woman (2020) recibio el “Jhalak Prize” en 2021.  

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