literatura, poesia y distanciamiento social

periferias 5 | salud pública, ambiental y democrática

ilustración: Juliana Barbosa

Puerta del no retorno

Natasha Omokhodion-Banda

| Zambia |

traducido por Ana Rivas

Ella tararea. Las vibraciones de su voz  resuenan contra las paredes de la habitación, dando paso a un nuevo sol. La penumbra en la pared revela muebles  muy familiares mientras la luz azul inunda lentamente la habitación. Su espíritu se conecta con el alma de eso en lo profundo de su ser — haciendo que floten como uno — incierta de su futuro después de este día.

Una mano con un fino guante de piel presiona desde el interior, contra las paredes internas de su vientre negro aterciopelado. Las estrías corren sobre el oscuro montículo, cada una contando una historia de a quién pertenecen. Siente al bebé moverse violentamente, haciendo que refleje su mano diminuta con la suya.

¡Duérmete, 19! dice ella.

No puedo responde 19.

¡Nos meterás en problemas! Necesitas estar listo y bien descansado para hoy.

Pero no quiero ir.

Me temo que debes hacerlo. Es el orden de la vida.

Cuéntame la historia de nuevo.

¿Cuál?

Por favor, cuéntame la historia, M.

Ella mira hacia el techo esterilizado. Su frialdad cromada devuelve la mirada. Sus ojos se cierran con fuerza y ella gime. Su vientre se contrae en una bola apretada. Inspira rápido, respiraciones cortas, hasta que se relaja de nuevo. Hace lo que su primera partera le dijo que hiciera. Para derrotar al dolor, comienza a contar la historia. Habla de la misma manera que ha hablado a todos los que estuvieron aquí antes de 19. A través de su espíritu.

Todo comenzó hace muchos años, cuando comenzaron los susurros desde el Occidente. Los rumores del escándalo se extendieron como el fuego en el matorral de la sabana, historias de bebés que se gestaban y vendían en fábricas de la ciudad de Enugu . El mundo había cambiado tanto durante la era de la información, que la conveniencia y la gratificación inmediata alimentaban a un demonio voluptuoso vivo que sólo consumía y destruía. Al toque de una pantalla, la gente compraba y vendía niños. Las mujeres más pobres, con sólo su fertilidad para vender, habían empezado a emigrar. 

En el norte, mi gente hizo largas y arduas travesías a través de bosques, montañas y vastas tierras sedientas para escapar a Europa. Las bestias y el duro clima los devorarían si el hambre no los derrotaba primero. Después de la extrema dificultad del trayecto a través de la región, se balancearían en el inmenso mar azul, veinte en una pequeña barca inflable. Vomitándose unos a otros, defecando a plena luz  del día. Luchando y temerosos, no tenían un capitán que los guiara. Muchos se perderían en tumbas acuosas y saladas.

La gente con ojos desorbitados en las pantallas de televisión advertían. De hecho, voces en la radio informaban de estas cosas, pero nadie hacía nada. La gente estaba siendo negociada como esclavos en la costa de Libia, siglos después de la abolición del comercio de esclavos. En el sur, el continente sufrió. Médicos, ingenieros y maestros  se fueron a pastos más verdes hasta que no quedó nadie para cuidar del hogar. Nuestra población creció ferozmente, pero nuestras industrias sufrieron. Nuestros sistemas de agua se enturbiaron con residuos sintéticos que nunca, jamás se disolverían. Nuestros gobiernos eran corruptos. Algunos pidieron prestado hasta que ya no pudieron pagar su deuda. Todo esto continuó asolándonos hasta que nubes oscuras comenzaron a visitar nuestro continente...

¿Y luego qué?

Pero ya has escuchado esta historia, 19.

Sí, pero nunca la terminas, M.

Los chinos ya habían establecido fuertes vínculos en África, construyéndonos ferrocarriles, rascacielos, escuelas y hospitales. Aprendieron nuestros idiomas y se convirtieron en nuestros hermanos. Así que era sólo cuestión de tiempo antes de que se presentaran y propusieran una forma de resolver nuestros problemas de migración y deuda.

¿Qué nos prometieron, M?

Ofrecieron crear conjuntamente un programa masivo de fertilidad con   la condición de que formáramos un estado panafricano unido, lo que se convertiría en las Naciones Unidas de Mbiguli.

¿Mbiguli?

Sí. Juntos creamos una raza de súper soldados, los Akahn creados a través de una cuidadosa selección genética. El nuevo crecimiento económico de Mbiguli y su lealtad a China cambió el orden mundial. A los líderes de Occidente no les gustó mucho esto. Por primera vez en la historia moderna, los africanos estaban liderando el mundo. El comercio mundial se vio afectado. Nuestros médicos y profesores regresaron y nos volvimos cada vez más autosuficientes. Habiendo perdido el acceso a los recursos que salían de Mbiguli, Occidente decidió declararnos la guerra. Sin embargo, no duró mucho, porque...

¿Por qué, M?

Nosotros...

¿Nosotros qué, M?

En medio de su noche más fría, y durante nuestro día más caluroso, lanzamos bombas silenciosas e invisibles a través de sus continentes. Algo vil e irrevocable.

¿Murieron?

En realidad no, 19... 

Entonces, ¿qué pasó M?

No lo sé, 19.

Christopher mira a su esposa, Kate. Su cabello rojizo está adherido a su frente de porcelana, sus mejillas se enrojecen bajo el sol de la sabana. Perlas de sudor se extienden a lo largo de su perfecta nariz. La alta y dorada hierba cede al viento, doblándose hacia la izquierda y luego hacia la derecha, como en trance. Las acacias y jacarandas, corpulentas, espinosas pero seguras, proporcionan camuflaje a los pocos antílopes que puede ver.

Retuerce sus manos, sus nudillos están pálidos. Él pone las manos de ella en las suyas. La solapa de lona del toldo de la Land Rover golpea contra los laterales de la camioneta al aire libre. La idea de un vehículo diesel sonaba nostálgica en los deslumbrantes relatos de su agente virtual, pero no tanto en la vida real. 

Un grupo de cebras de gran tamaño aparecen desde detrás de los árboles, galopando paralelamente a su coche, sacudiendo la tierra, polvo se levanta de sus cascos. Christopher coloca un brazo protector alrededor de los hombros de su esposa. El elegante conductor de Mbiguli sonríe con orgullo mientras explica que todos están a salvo. Ningún animal puede acercarse a ellos, gracias a la infraestructura InvisiWallTM.  “Es imposible”, dice, enfatizando la 'p' con un acento que revela la descendencia de un país de habla portuguesa. 

Su voz es llevada por el viento mientras narra la historia de esta parte de Mbiguli. 

Anteriormente dividido en  Zambia, Tanzania y la República Democrática del Congo, este estrecho se encuentra en lo que entonces se llamaba el Lago Tanganica. Es la capital del turismo de esta región. Zambia tenía un centro turístico en la Bahía de Kasaba, que fue construido por su presidente en los años 80. Con playas tan puras, la nueva Nación de Mbiguli decidió ampliar esta maravillosa región creando un estrecho que se extiende desde el Océano Índico, frente a las costas de Tanzania.

Siguen adelante, dejando atrás la sabana. El césped cortado bien bajito es el preámbulo de la entrada verde y tropical. Extraordinario y frondoso jardín sobre sorprendentes suculentas forman impresionantes fuentes hojosas. La pareja arquea sus cuellos hacia atrás para ver a qué altura se encuentran, casi que esperan que un Goliat llegue a través de las palmeras separadas. Los pájaros vuelan entre los árboles, pendientes de los recién llegados. El vehículo pasa por la entrada de una puerta abierta hecha de madera de Mukwa,  y por un puente de piedras blancas suspendido en el aire, con trinitarias fucsias y naranjas colgando. Guardianes altos y de pecho ancho, los Akahn, flanquean cada lado del puente, con su pelo negro azabache atado en colas de caballo. Miran hacia abajo, siguiendo el vehículo en movimiento con sus ojos.  Christopher siente la piel de gallina en sus antebrazos mientras la mano húmeda de Kate se entrelaza con la suya.

El puente se extiende por cientos de metros, con el mar cubierto de blanco envolviendo todo abajo. Enormes pavos reales con alas en forma de abanico les dan la bienvenida al final del túnel floral. Christopher toma un sorbo de su botella de agua, luchando por tragarla. Se da cuenta de que los estrechos hombros de Kate todavía están tensos.

El hotel es lujoso, con majestuosos chalets suspendidos contra el cielo azul. Los gigantescos árboles baobab ostentan restaurantes a diferentes niveles, con elevadores tubulares que suben y bajan por su interior, así como a lo largo de sus ramas como un sistema nervioso central.

En el interior del salón principal de la planta baja, son recibidos por frías e insonoras ráfagas de aire y las juguetonas notas del milenario jazz africano. Los anfitriones holográficos vestidos con togas color cobalto les dan la bienvenida, haciendo reverencias hasta las rodillas que recuerdan la hospitalidad que sólo se encuentra en las películas históricas. Sirven Amarula con hielo, junto con una variedad de platillos: semillas de calabaza asadas, chikanda, plátano, costillas de impala ahumadas, rodajas de sandía y de mango. Las toallas refrigeradas por nitrógeno son proporcionadas por robots ovalados con ruedas. Christopher y Kate disfrutan de la sensación de las toallas de franela en sus nucas. Los arreglos florales alineados simétricamente desbordan color, haciendo que la pareja respire profundamente. No huelen nada.

Una vez que se refrescan, llegan maleteros para ayudarles con su equipaje.

Suben a su habitación a través de los elevadores tubulares en el interior de los baobab. El viaje es deliberadamente lento, permitiéndoles disfrutar de la belleza del estrecho. El agua de color zafiro que hay debajo hace que los rayos del sol dancen, brillando sobre el blanco puro de la playa. Llegan al piso Makumbi, y su túnel los lleva a la izquierda hacia su habitación. Los pasillos transparentes a nivel de las nubes sorprenden a la pareja, pero son tranquilizados por las flechas de neón índigo a lo largo del piso.

Mientras se acercan a su habitación, las camareras se escabullen fuera de escena. Christopher saca sus binoculares, todavía sorprendido de pensar que este fue una vez un país sin salida al mar. A través de sus lentes, las magníficas islas que surcan la bahía se aproximan.  Exótica fauna y flora abundan en cada una, diseñadas para crear un ecosistema único— proporcionando variedad para los invitados.

Una jirafa genéticamente modificada los saluda en su balcón. Su ojo derecho mira curiosamente a la pareja, ocupando la mayor parte de la ventana. Mastica el verde en grandes movimientos circulares, respirando fuertemente en dirección a ellos. Su esposa se mueve hacia el animal como si estuviera magnetizada, y sonríe. Por un momento, Christopher siente que finalmente goza de su aprobación. 

Una cerca virtual se ilumina dando una advertencia una señal para alejarse. Un águila pescadora emite tres sonidos y ellos se giran para mirar al holograma de bordes suaves que aparece en el centro de su habitación.

Sr. y Sra. Hanover. ¡Bienvenidos a la gran nación de Mbiguli!Separa los brazos para mostrar su tamaño. Se inclina profundamente.

Gracias responde Christopher.

Bienvenido al Estrecho continúa en un profundo barítono. 

—Fundado en 2030 por el Consejo de Ministros de Turismo. Se les ha hospedado en el piso más prestigioso, el Makumbi, llamado así por las magníficas nubes en las que se encuentra. Los llevamos tan cerca del cielo como nos es posible. Guiña el ojo, riéndose de su propio chiste. Kate permanece en silencio.

Gracias, señor dice Christopher en nombre de su esposa.

Llámeme Sr. Bwalya.

Gracias... erhm... Sr. Bwalya. ¿Cuánto tiempo cree que pasará hasta que...?

Ah, no se preocupe, señor. Según nuestro lector de IA de obstetricia, su anfitriona muestra todos los signos óptimos para el parto en las próximas 24 horas.

¿Ella... rem...?"

No, Sr. Hanover. Nuestras anfitrionas no tienen conflictos internos o sentimientos de duda o separación. Tomamos medidas cuidadosas para garantizar de que tampoco tengan recuerdos del embarazo. Una serie de ondas electromagnéticas se encargan de esto tan pronto como el bebé es liberado. De hecho, su anfitriona particular es una de las mejores.

Al otro lado de la propiedad, en un bungalow blanco estilo Cape Dutch, un Alma está haciendo su entrada en este mundo. El pecho de Malaika se está agitando. El Cazador de Almas, un médico sin boca con uniformes rojos y negros, está de pie al final de su cama. Coloca sus dedos entre sus muslos, instándola a pujar. Sus puños se aprietan. Explosiones agudas escapan de su boca. Sus dientes crujen uno contra el otro.

Ella siente el familiar círculo de fuego en la parte inferior de su anatomía. Está pujando para coronar la parte superior de la cabeza del bebé. Emite un último gruñido como un animal salvaje y se desliza hacia afuera, en un movimiento brusco. El sedoso y cálido flujo brota. Una rutina que conoce tan bien. Otro empujón, y con él expulsa el último pedazo de carne y vasos sanguíneos que conectaron al bebé con ella durante nueve meses. Ya está hecho. Su última alma es expulsada.

Su comportamiento es angelical, pero su llanto es tortuoso. Malaika gira la cabeza y cierra los ojos. Exhausta, intenta ignorar el llanto del bebé. Se pregunta qué se sentiría al tener su piel húmeda contra su pecho. Sentir su corazón latiendo contra el de ella. Oler su cabeza cubierta de blanco. Sus pechos reaccionan a su llanto, comenzando a hincharse.

El Cazador de Almas revisa los miembros, dedos y genitales del niño. El sexo es aún el único factor  predeterminado por las propias Almas. Malaika busca satisfacción en los ojos del Cazador de Almas, pero ellos le parpadean. El bebé es entregado a la matrona, 19 es llevado, como siempre, a través de la puerta sin  retorno. Ella sabe que nunca más verá la blancura de la piel del bebé contrastando con la delicadeza de su cabeza pelirroja.

Las emociones la dejan caer en un torbellino de recuerdos. Su mente recuerda un día en el mercado, riendo con su hermana, cantando canciones mientras se divertían con juegos de manos en el polvoriento suelo rojizo de Serenje. Se prepara para el rapto cuando el Cazador de Almas y la matrona salen de la pequeña sala de partos. La luz ultravioleta la atraviesa con dos descargas, y se desmaya. Por decimonovena vez.

Malaika cobra vida. Está de vuelta en su habitación. Limpia, vestida e incluso cubierta de aceite. Se prepara para no recordar. Pero por alguna razón, lo hace.

Aplaudiendo en el mercado con Elida. Una mezcla de humo de carbón de malasia y pescado seco hirviendo. Espejismos de los techos de hojalata crujiendo mientras se derretian. La escena parece como si tuviera una cortina de humo azul, como los filtros de fotos instantáneas del iPhone de papá. 

 Papá. Alto, de hombros anchos, del color de la medianoche. El aroma del mar siempre le acompaña. Tejidos y hierbas cayendo de su bolsa de plástico. Entonaciones extranjeras cubriendo su quebrado inglés francófono. Sus relatos de una tierra lejana, de puertas sin retorno, se revelaban cada noche después de su hora de oración en su alfombra  tejida a mano. Sus suelas resquebrajadas mirando al cielo, su cara fervientemente hacia abajo. La razón por la que ella era diferente. 

Ella recuerda.

Los ruidos discordantes del bajo y la música hip-hop resuenan en los quioscos multicolores. Mujeres en taburetes de madera tallada trenzando gruesas cabelleras. Sus fieles clientes en alfombras de junco, con bebés de codos cenizos comiendo guayabas. Cacerolas maltratadas con aceite listas para transformar el contenido de los platos de plástico verde y blanco. Salchichas húngaras grasosas en exhibición, agujeros a lo largo de su carcasa, cubiertas con moscas negras, tan hambrientas como los humanos. 

Ella recuerda. 

Una bicicleta con un gran aparato de televisión atado con cuerdas de plástico pasa de largo. Una mujer en una moto vestida extravagantemente con ropa tradicional para una boda se aleja en la dirección opuesta. La piel de la dama está ceniza por el talco, y sus cejas están dibujadas como la marca de Nike al revés. Su peluca está colocada de forma poco natural en el centro de su frente. Malaika recuerda que se está riendo con Edina del espectáculo. Papá está en camino para encontrarse con ellas. Se ve extraordinariamente alto en su bata blanca típica de la región.

Como las langostas de la Biblia de mamá, una sombra en el cielo viene moviéndose en dirección a ellas. Un viento suave anuncia su llegada. Todo el mundo se congela, como los personajes de un libro ilustrado. Las nubes oscuras se disipan en pequeños drones. Las máquinas de insectos vienen hacia ellas. Una a ella, otra a Edina. Se mantienen en un nivel bajo y estable. Sigue un escáner rojo. Sube y baja por su cuerpo, deteniéndose en su vientre. Allí, se ilumina en verde. Cálculos con caracteres foráneos se efectúan en el aire. Su cara es captada y ella también.

Una serie de voces emanan de su vientre. Preguntando, llorando, riendo, puede escucharlas todas, las almas que ha liberado. Preguntas de los antiguos inquilinos que una vez afirmaron habitar en su ser, por los cuales ella ya ha cobrado su tarifa. 

Se sienta y pone los pies en el suelo frío . Con las manos en la cabeza, intenta bloquear las voces, pero éstas se agolpan en su torso, y una luz brillante irradia desde su interior. Ya no está consciente de su entorno, porque es parte de la fuerza que hay en su interior. 

Se dirige a la puerta, y ordenan que se abra. Puerta tras puerta se abren sucesivamente a medida que avanza por el pasillo. Docenas de mujeres salen de sus habitaciones, todas en trance. Su uniforme, vestidos de maternidad estilo chitenge y calcetines blancos, las hacen parecer prisioneras. Las voces de sus vientres se unen a las de Malaika. En la bóveda, los Akahn se gritan unos a otros, pánico en sus voces estridentes porque no han sido entrenados para tomar acción sobre los tesoros más preciosos. Las mujeres, poseídas, siguen avanzando. 

Malaika irrumpe en la bóveda y encuentra el tablero de control. Aparece el rostro del Sr. Bwalya, programado para una cálida hospitalidad, dándole una advertencia sonriente. Encuentra un botón que distorsiona su imagen suplicantegrande, pequeña, estirada hasta que baja en espiral como el agua en un desagüe y finalmente desaparece en la nada. Manipula la estación de control como si la conociera de toda la vida.

Las luces rojas y las alarmas de sirena suenan por todo el hotel. La tierra se sacude y se oyen sonidos estruendosos. Incrédulo, el desorientado Akahn mira molesto a los monitores del juego, que muestran animales enormes atacando lugares seguros, aplastando vehículos de turismo y turistas paseando. Su atención es acaparada por el sonido de las trompetas.

 La boda de un mono, lluvia y sol al mismo tiempo, ocurre en la propiedad cada vez que nace un bebé. El cálido cielo anaranjado deja entrar rayos de esperanza. Christopher mira a Kate, su esposa. Un nacimiento, el elixir de la vida. Acaricia su cabello rojo. 

19 es llevado a la habitación. Tan perfecto. Tan pálido.

Christopher, temblando, recibe al bebé. Su bebé. Un cálido resplandor llena su cuerpo e ilumina su cara. Kate está de pie frente a él, con los pies descalzos en el piso de mármol. Sus brazos se pliegan alrededor de su pecho. El llamado del águila pescadora desvía su atención al centro de su habitación.

Un holograma aparece una vez más. Para su sorpresa, la imagen de una mujer alta y sorprendentemente negra inunda la habitación. Su energía es tan fuerte, que el hijo de Christopher se retuerce en sus brazos. Su instinto le dice que llame a seguridad, pero su conciencia le dice que no lo haga. El bebé comienza a gritar, su cara se transforma de color tiza a escarlata.

La figura flota, inestable y titilante con la estática. Más siluetas aparecen detrás de ella. Mujeres de todas las formas y tamaños, vientres redondos, vestidas con telas estampadas. Miran fijamente al bebé en sus brazos. Malaika levanta los ojos del bulto que se retuerce, y los fija en Christopher.

19, mi niño. Tranquilo.

Silencio.


 

Natasha Omokhodion-Kalulu Banda | Zambia |

Zambiana de ascendencia nigeriana y jamaicana que vive en Lusaka. Está casada y tiene tres hijos. Natasha es una apasionada de la creciente escena literaria de África y disfruta del encanto de la narración de cuentos. Ella ha sido publicada en la antología de publicaciones electrónicas African Women Writers (Afriwowri) Different Shades of a Feminine Mind, The Budding Writer anthology por la Zambia Women Writers' (2017), y apareció en AfricanWriter.com por su historia "To Hair is Human, To Forgive is Design” (2018).  Ha sido publicada en Short Story Day Africa - Hotel África (2018) y el manuscrito de su recientemente publicada novela No Be From Hia fue seleccionado como finalista del Premio Graywolf África 2019.

natashaomokhodion.com

 

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