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Un cierto 36 de noviembre

Merdi Mukore

| Congo |

traducido por Ana Rivas

Una vez, mi padre contó que un pueblo heterogéneo vivía en un territorio. Vivían en una propiedad sin planta baja, comparable a nuestra parcela. Formaron una Nación-Casa, de la misma manera que los ocupantes de nuestro terreno formaban una familia. El jefe de nuestra familia ocupa una silla y el jefe de la Nación-Casa un sillón. ¿La diferencia? El jefe de la familia es mi padre y el jefe de la Nación, lo llamábamos o le decíamos Bwana-Kitoko. En realidad, su nombre varía según los estados de ánimo, las épocas y los siglos. En una época  lo llamamos César para diferenciarlo del Zar, los dos términos se refieren al rey a pesar de que reinado se considere arcaico; por tanto, para hacerlo más moderno, cambiamos de reinado a república. Enviamos al Zar y al César a la basura, y antes de mandar a Bwana-Kitoko al diablo, nos vestimos de presidente.

Una vez, mi padre nos contaba, y todas las noches era así,  nos reunía a todos para contar historias. En realidad, nos contaba una sola historia, cambiándola cada vez. Y lo hacía tan bien que nos acostumbramos a oír las mismas cosas sin cansarnos. Se sentaba en su silla y nosotros nos sentamos en el suelo. Agarrando su botella de cerveza, que nos prohibió estrictamente beber, papá se lanzaba un interminable discurso contando la misma historia, en una nueva versión. Nadie podía irse antes del final de la historia y la historia sólo terminaba cuando mi padre se levantaba de su silla y se iba a su habitación. Tuve, por lo tanto, la delicada tarea de llevar esa silla a la habitación de mi padre; sólo que no sé por qué no lo hice.

Y resultó que la silla desapareció. La silla de mi padre desapareció. Estoy muerto. Muerto y enterrado. ¿Cómo pude dejar esa silla afuera? ¿Cómo pude ser tan descuidado? La silla no puede simplemente desaparecer, ciertamente ha sido robada. Debo atrapar a este ladrón antes de que mi padre se deshaga de mí, tal cual como un vulgar ladrón y un hijo indigno, en represalia por el desaparecimiento de su silla.

¡Que maldición para mi, para mis hijos, para mis nietos! Aunque no hayan nacido todavía, ya están malditos. No tendré tiempo de explicarle a mi padre, ni siquiera tendré la oportunidad de decir “A”, porque mi padre habrá agotado todo el alfabeto. ¡Qué desgracia! Ni siquiera podré hacerle entender que estaba cansado, que estaba loco de ir a dormir, que mis piernas apenas podían soportar mi peso... Todo lo que le diga no será más que una desgracia...¡maldición!

Incluso mis hermanos se enojarán conmigo. Esta noche, papá no contará su historia en varias versiones, estoy frito. Lo peor es que ya no podré oír a mi padre contar la historia del Mariscal. ¡Oh, Dios mío! Tengo que encontrar esa silla. Justo anoche, inclinado sobre nosotros, mi padre nos contaba la fuga del Mariscal delante de los chicos, que apenas podían manipular un fusil kalachnikov que pesaba el doble que ellos ¡Benditos niños! ¿De dónde sacaron todo ese coraje para patear el trasero del maestro iluminado?

El Hombre-Estado, el Hombre-Dios que planeaba en las nubes. Sentado en su silla, mi padre planea en las nubes y lo ha hecho desde que es mi padre, desde siempre, y siempre en la misma silla. Si no traigo esa silla, ¡oh Dios mío! Mi padre me matará. Nadie puede imaginar a mi padre sentado en otro lugar que no sea su silla, su silla amada. Nadie puede imaginárselo sentado en el sillón del Mariscal. Aquí entre nos, es la silla  de mi padre; el sillón es del Mariscal. Parece tan cómodo cuando se sienta en ella, así como el Mariscal se siente en su sillón presidencial. Esa imagen de su pose imperial en su silla aún perdura en mi mente. Imposible imaginar ese sillón ocupado por otro que no sea el Mariscal. Es imposible que mi padre se siente en otro lugar que no sea su silla.

Ese ladrón es un idiota, o tal vez sea un ladrón aficionado. Entre todos los objetos a su alcance, rápidamente tomó una silla: ¡la silla de mi padre! Afortunadamente para mí, y desafortunadamente para él, sólo está a cuatro parcelas de la nuestra. No corre tan rápido, peor: camina. Puedo alcanzarlo. Lo alcanzaré. ¿Qué clase de ladrón corre sin prisa? A él le encantaría no tener prisa, el Mariscal. Y de nuevo según mi padre, después de que Bwana-Kitoko se fuera, fue el sacerdote quien ocupó el sillón. Este último no lo ocupaba adecuadamente y estaba preocupado con sus primeros ministros todo el tiempo. El primer ministro es el hombre que dirige la Casa-Nación mientras el jefe está en el sillón. Parece que él mismo fue despedido por Patrice, el primero en la jerarquía de todos sus primeros ministros. Durante toda la disputa doméstica entre el sacerdote y Patrice en torno al sillón, el Mariscal estaba allí, sin prisa. Pero un cierto 36 de noviembre, el Mariscal tomó las riendas de la situación, sacó al Sacerdote-Patrice del sillón y garantizó la interinidad de Dios Padre durante... treinta y dos siglos.

Inicialmente, debería haber permanecido por cinco años. Y durante esos cinco años tuvo el control de la tierra, el aire, el fuego y el agua. Controlaba todo, incluso los pensamientos de los ciudadanos. Evariste, el último de los primeros ministros del sacerdote, el que no tuvo tiempo de saborear las delicias del poder, sabía cosas. Un día, con sus cuatro compañeros, tuvo la horrible idea de pensar en reemplazar al Mariscal. Ese día, el Mariscal estaba de buen humor. Pidió apenas que los ahorcaran en plaza pública el día de Pentecostés. Como estaba de muy buen humor, el Mariscal quería bajar el Espíritu Santo sobre ellos. Así, ellos no pensarían más en reemplazarlo. Así no harían más preguntas del tipo: ¿quién se sentará en el sillón después del Mariscal? Creo que me pasará lo mismo, en caso de que no encuentre la silla y la lleve a casa. A menos que mi padre esté de excelente humor, como el Mariscal, que fue a construir en esa plaza pública, la misma plaza donde el último de los Primeros Ministros y sus cuatro compañeros rezaron su Ave María para recibir el Espíritu Santo, un estadio de fútbol. Hoy en día, sólo los historiadores saben que en ese estadio fueron ahorcados los que llamamos de mártires de Pentecostés, según lo que dice mi padre. ¡Que no sea yo el siguiente, Dios mío! El Mariscal fue muy amable, tan amable que no esperó cinco años para hacer entender a todos que le encantaba sentarse en el sillón y que tenía la intención de descansar su trasero en él, solamente por algún tiempo más. Mi padre también es amable, prohibió formalmente que nadie se sentara en su silla.

¡Oh, ladrón de baja calidad, puedo alcanzarte! No le gritaré para no alarmar a los vecinos. Hoy en día, sólo podemos contar con nosotros mismos. El Mariscal entendió en carne propia. Un día, el Mariscal se enfermó. Un día, el Mariscal tuvo problemas con uno de sus fieles tenientes el que codiciaba el sillón y un día el Mariscal necesitó ayuda. Y el apoyo que recibió de sus vecinos, que se suponía lo ayudarían, fue un grupo de chicos que jugaron a ser policías y ladrones a la manera de los adultos. Como resultado, el Mariscal terminó huyendo. Lo atraparé solo. No necesito a los vecinos. No necesito a la policía o a la infantería o a la gente. Esta gran gente, unida como nunca antes, cantando djalelo en honor a  mulopwe, sudando con el ndombolo como los guerreros tradicionales. Esta misma gente que rápidamente dio la espalda al Mariscal para aplaudir al líder de la pandilla de chicos que usaban botas demasiado grandes para sus pies. El Libertador es su nombre... Mi padre lo llama el Libertador. El sillón, sin el Mariscal, es ahora el sillón del Libertador, quien lo dejará como legado para su hijo. Pero yo, me arriesgo a perder mi herencia si no atrapo a ese ladrón de sillas.

Me arriesgo a algo peor: ser expulsado del seno familiar sólo por una silla. ¡Sí! Sólo por una silla. El Libertador ganó una bala perdida que le atravesó el corazón justo por una silla. Tal vez fue lo mejor para él. Tal vez no lo fue. No importa, con el Libertador no sabíamos quién hace qué, cómo y por qué. Era un desastre. Sólo que esta vez, soy yo el  desastre. Tenía el deber de cuidar esa silla. Mi padre confiaba en mí, confiaba en que yo guardara el símbolo de su autoridad. ¡Qué pifia!

¡Ladrón de gallinas, voy a atraparte! ¿Cómo puede un tipo tan corpulento como tú robar sólo una silla, una simple silla? ¿No tienes vergüenza? Dame esa silla. ¿Crees que tu tamaño me asusta? No. Waya! Prefiero perder una oreja que perder la confianza de mi padre. Prefiero que me entierres inmediatamente que volver vivo a la casa de mi padre sin su silla. ¿Quieres saber quién soy? Soy el hijo de mi padre. La silla que llevas es la silla de mi padre. No, no soy el Hijo del Libertador. El Hijo del Libertador trata de moldear la silla a su tamaño. Yo, soy el hijo de mi padre. No deberías hacerte preguntas como, ¿cuál es mi tribu? ¿Por qué no me conocen? ¿Quién es mi madre? ¿Quién es mi verdadero padre? ¿Cuál es mi bando? Preguntas con respuestas  absurdas, tanto unas como las otras. Niet! No soy el Hijo del Libertador. Soy el hijo de mi padre. El Libertador no duró en el sillón y no me importa si no tuvo tiempo de hacer las presentaciones. Me presento, soy Issa, el hijo de mi padre, el indiscutible propietario de la silla que llevas.

No, no te estoy amenazando. Sólo quiero que me devuelvas la silla de mi padre. No voy a gritarle al ladrón como todas esas víctimas de guerra le gritan al violador. Aquellos que amenazan al Hijo con robarle el sillón sólo tienen que esperar a las elecciones. No es necesario un voto para recuperar la silla de mi padre. No puedes confundir la silla de mi padre con el sillón del Mariscal. Es la silla de mi padre, le pertenece dos veces por derecho. En primer lugar, es mi padre, y en segundo lugar, es su silla. Puedes decir que es tuya. Pero ambos sabemos que es mentira. Esa silla, ese sillón, muchos pueden reclamarlo, pero sólo mi padre y el Hijo del Libertador pueden poseerlo. ¿Por qué? Pero es simple, Señor Ladrón. Las reglas del juego son claras. La silla pertenece a mi padre, y en cuanto al sillón, para tenerlo, hay que esperar a la próxima tanda democrática por penaltis. El que marca en el primer intento tiene la oportunidad de hacer otro penalti, sólo uno, no más. El Hijo ya ha cobrado sus dos penaltis. Parece que sobornó al árbitro para conseguir un tercer penalti. Epa, no te estoy sobornando. Dije que parece. Parece... Tiene que comprobarse. No me importa si hay otro penalti, sólo quiero la silla de mi padre de vuelta...

No, no quiero pelear con usted. No se pelea por una silla, Sr. Ladrón. La gente salió a la calle a protestar contra ese joven que quiere aferrarse al sillón, yo salgo a esa calle oscura para recuperar la silla de mi padre que usted... que usted confundió erróneamente con el sillón del Mariscal. No digo que lo haya robado. Cuando la gente tomó las calles, algunos dijeron que era para protestar, para protestar contra el Hijo, el padre, el abuelo, y fue en la protesta que los jóvenes levantaron barricadas para bloquear el camino a los grandes Mopao, que circulan en esas enormes cajas donde hace más frío que en el Polo Norte. Para otros, los jóvenes salieron a saquear las tiendas, las casas, los clubes nocturnos, las escuelas, la oficina del Primer Ministro, las iglesias, las mezquitas, en fin, todo lo que podía ser saqueado. Contra usted, no protesto, porque no ha saqueado nada, pero robó... no... Usted tomó la silla de mi padre. Se llevó la silla de mi padre. ¿Pelear con usted? Nunca en toda mi vida. Entre personas civilizadas, los desacuerdos se resuelven pacíficamente, diplomáticamente. La época de los puñetazos y los golpes ya pasó, Sr. Ladrón, seamos civilizados.  ¿Todavía quiere pelear? Vaya a pelear por el sillón del Mariscal y deje la silla de mi padre tranquila, es mejor para usted. Con el sillón, la gente lo respeta, lo llaman  Excelencia. Dondequiera que vaya, le extenderán la alfombra roja. Habrá una multitud agitada, gente que sólo vive para gritar su nombre, cantar sus alabanzas y bailar para celebrar su gloria. Piense en la gloria que tendrá con el sillón del Mariscal. Piensa en el éxito, especialmente con las mujeres. ¿Ama a las mujeres? Las mujeres vendrán a entregarse a usted por voluntad propia. Y habrá mujeres de todos los colores, todas las razas, todas las formas. Piénselo, Sr. Ladrón. No tendrá absolutamente nada de eso con la silla de mi padre. ¿Quiere una silla? Vaya a sentarse en el sillón. ¿Quiere tener éxito? Vaya a sentarse en el sillón. ¿Quiere dinero? Vaya a sentarse en el sillón. Vaya a robarse el sillón, ganará mucho, Sr. Ladrón. Eso, según mi padre. No, yo no me estoy burlando. No, no quiero pelear con usted. Es demasiado fuerte para mí. Ahórrese los golpes...

Issa, despierta. Es la voz de mi hermana.

¡Oh, Dios mío! Estoy todo sudado, sin rasguños, en mi habitación. No puedo creerlo, recuperé la silla de mi padre. Un golpe directo fue suficiente para neutralizar al ladrón. Mi padre puede contarnos la continuación de la historia del Mariscal y su sillón. Me gustaría mucho saber el resto.

Estás ahí durmiendo mientras todos estamos afuera me dice mi hermana.

¿Qué está pasando ahí afuera?

Atraparon a un ladrón.


original publicado por Chronique des Grands Lacs

Merdi Mukore | Congo |

Joven escritor congoleño. Escribe textos teatrales, cuentos cortos y prepara su primera novela. Sus textos se traducen al inglés, al swahili y al portugués. Participa en varios talleres y jornadas de escritura organizados por la Tarmac des Auteurs, talleres de cuentos del Writivismo y del Afro Young Adult. Sus textos teatrales han sido llevados al escenario de diferentes eventos culturales como el Festival Ça se passe à Kin. Sus cuentos se han publicado en antologías, especialmente en Chronique des Grands Lacs, Les oiseaux d'eau sur la rive du lac : une anthologie de jeunes adultes africains (Crónica de los Grandes Lagos, Los pájaros del agua a orillas del lago: una antología de jóvenes adultos africanos) y en revistas literarias (Revista Lelo, WIP Littérature sans filtre, Periferias).

Miembro activo de varias asociaciones culturales, especialmente Tarmac des Auteurs. Miembro del Consejo Administrativo de Escritores del Congo ASBL y del Comité Editorial de Edições Miezi. Secretario General (2019-2020) de la Asociación de Jóvenes Escritores del Congo.

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