literatura y poesía

periferias 6 | raza, racismo, territorio y instituciones

Avenida Belvedere, 1342

R. Kihara Odanga

| Kenia | EE.UU. |

traducido por Ana Rivas

Quiero decir tres cosas rápidamente y luego me callo; porque la gente que vive al otro lado de la calle tiene un arma, porque Dios no tiene nada que decirme, porque este lugar está tratando de despellejarme. Y entonces, estoy cansado; cansado del cansancio que me lo tomé a pecho por causa de estas tres cosas. Cansado de esperar... el peso de la espera de toda esta inquietud y quietud es enorme y debo encontrar la manera de superarlo antes de que pierda el control. En mi cabeza, en todos los rincones de mi cerebro, estas cosas, estas tres cosas, corren como ratas en una cocina oscura, a veces incluso chocando unas con las otras y haciéndome gritar de angustia de forma incontrolable y sintiendo un miedo extraño. Arremedando la paz. Cada canción que dejo bailar en mi lengua, entre el paladar y los labios, cada música que tarareo es un himno contra el miedo.

La gente que vive al otro lado de la calle tiene un arma. Nunca la he visto. En los pocos meses que llevo viviendo aquí en el 1342 de la Avenida Belvedere, nunca la he visto, y nadie me ha dicho que la tengan. No sé a ciencia cierta, pero sé que es verdad. El niño de cabello rubio, al que le gusta chapotear locamente en la piscina inflable que su canoso padre llena en el jardín durante el verano: probablemente la acaricia todos los días al mediodía. Probablemente la sostiene en sus pequeñas manos de nudillos rosados de la misma manera que sostendría un crayón como de costumbre. La apunta a la pared, el arma, o a sus juguetes, el Capitán América, el Hombre de Hierro, Kevin el Minion, el Hombre Araña. ¡Pum Pum! le dispara a la Pantera Negra. Matando al rey.

La niña con un vestido azul, que baila entre las burbujas que su madre sopla de un frasco de jabón, probablemente invita el arma a sus fiestas del té de la tarde. Y la madre se sienta allí, en la cabecera de la mesa, cerca de Barbie, Elsa la Reina, y toda la vajilla de plástico; inerte e inquebrantable. Y finge beber sorbos de té con ella. La mujer agitada y pecosa que se sienta en el porche, supongo que sostiene el arma todas las noches, antes de lavar los platos y la seca confiadamente con un paño húmedo, primero. Luego los platos, los tenedores, el exprimidor de papas, las copas de vino. Y en las noches en que su canoso esposo no está, estoy seguro de que la toma en sus manos antes de dormir, la desliza bajo la almohada de algodón y se mete en la cama con el arma bajo la cabeza: un reposacabezas. El hombre acaricia el arma, más que a su esposa pecosa, se la lleva a la cara cerca de sus sienes grises y entrecierra un ojo mientras mira fijamente a lo largo del cañón. Es una de sus muchas certezas, así que la sostiene amorosamente.

Nunca he visto el arma. Pero eso no significa que pueda caminar por la acera frente a su casa a lo largo de la avenida Belvedere 1342. Puede ser que la primera y única vez que la vea, sea después de que haya mirado detenidamente mi vida insignificante y esté tirado en el suelo coloreando de rojo carmesí el asfalto a mi alrededor. Por lo tanto, no camino por ese lado de la calle. Y cuando me siento afuera a tomar un poco de sol, y el chico chapotea en la piscina, la niña grita de alegría, la esposa reprende, y el hombre gruñe, no levantó la vista para verlos. Aunque, si capturo mi mirada escapando en su dirección, no dejo que se quede. ¿Quién querría mirar detenidamente a una gente que parece que tuviera un arma en sus ojos? 

Dios no tiene nada que decirme. Tiene muchas explicaciones que dar, pero no quiero oírlas. Èl ya escogió ... ¡qué lujo! Había una mujer en el autobús, que vino y se sentó en el asiento frente al mío. Y cuando el autobús empezó a moverse, se giró para mirarme.

—Sabes, Jesús quería que la esclavitud terminara.

—¿Qué?

— Esclavitud. —Sabes, ¿esclavos? No le gustaba.

Está bien. ¿Entonces por qué paró? Permítame estar de acuerdo en que Él es el que lo detuvo. Siempre me han enseñado que odia el asesinato, el robo y el alcoholismo. ¿Y qué hay de la pobreza? También odia eso. Y el sufrimiento. Las cosas que "no le gustan" parecen ser las que más prevalecen. Las que le gustan, en cambio, desaparecen más rápido: como la moralidad, el amor y las sociedades libres donde la gente no es asesinada por mirar de cierta manera o hablar de cierta forma o ser pobre. O la esclavitud. Si realmente no le gustara, como dijo esta mujer, todavía estaría aquí con nosotros hoy. ¿Y no es así? No sé lo suficiente para decir. Tal vez lo sea.

Pero ni siquiera es por eso que tengo un problema con lo que ella dijo. Incluso mientras el autobús continuaba en movimiento, empezó a murmurar en voz baja. Rezando, supongo. Dudo que su Dios y el mío tengan algo que decirse. He pensado a menudo en cómo su Biblia comienza con la Entrada Triunfal, pero por alguna razón, la mía comienza y termina con la propiedad de esclavos antes del Éxodo. Y luego Moisés nunca viene. Y si lo hace, lo matan a tiros antes de que pueda separar cualquier mar. ¿Puedes imaginar millares de personas haciendo la Jornada del Crepúsculo como en el libro Twilight Trek de Seif Saitta en el Mar Rojo?

Y cuando finalmente llegan allí, ¿será que el mar se divide? No. Así que ahora hay un mar delante de nosotros: las aguas. Y detrás de nosotros, los grandes ejércitos blanqueadores del Faraón, para arrastrarnos de vuelta a la libertad y construir sus naciones. O marcharán a nuestros países sin ser invitados: una entrada triunfal actuando con violencia en la audiencia de nuestras mentes ennegrecidas. Tengo que aceptar que esa es la voluntad de Jesús para un alma miserable como la mía. ¡Su Dios! ¿Qué tendría que decirme ahora que escogió a los purificados para ser blancos como la nieve? Los ejércitos de blanqueo del Faraón.

Aquí, te lo explicaré.

Este lugar está tratando de despellejarme. No. Este lugar preferiría que me despellejara yo mismo. Por su propia libertad y seguridad. De nuevo, estoy en una parada de autobús (tal vez debería parar con este asunto del autobús de una vez por todas). Parado en la parada de autobús para ir a la avenida Belvedere, esta señora que está cerca de mí quiere saber si el autobús tardará mucho en llegar.

— Debería estar aquí en los próximos diez minutos.

—¡Ah! Escucho algo de africano en tu acento. ¿De dónde eres?

— Nairobi.

— Pensé que había algo de swahili.

Kiswahili. ¿Alguna vez en mi vida conocí a un verdadero swahili? No lo creo. No importa, nunca importa.

—Soy de Ghana. Pero he estado aquí mucho tiempo, así que ahora soy americano. Deberías aprovechar las oportunidades aquí. Hay muchas. Vine desde Ghana a hacer un postgrado y nunca me fui. África tiene tantos problemas. Tenemos la oportunidad de tener éxito aquí. Y sabes que nosotros los negros, tenemos que trabajar más duro aquí y permanecer unidos.

El autobús llegó.

Estoy sentado. Dos paradas más tarde, me da un golpecito en la espalda y me da una nota adhesiva amarilla:

240-6032958
Marya
Si quieres entrar en
la Marina

Me bajo del autobús.

Es hora de que estas tres cosas empiecen a chocarse en mi cabeza como ratas en una cocina oscura. No quiero entrar en la Marina. Pero ella me dio la opción tan genuina e inocentemente, como si fuera una cura para mi problema. El problema es que no he estado aquí lo suficiente para perder el “swahili” de mi acento y convertirme en americano. Ella tiene la cura para mi africanidad, mi negrura, la Marina. Y espera que yo esté dispuesto a tomar el remedio.

¡Tres dosis de Marina para usted, señor! Hay una razón por la que uno se uniría a la marina de un lugar al cual no le debes lealtad. ¿Cómo fue que dijo la escritora Warsan Shire? "Cuando el hogar es la boca de un tiburón". Supongo que la señora piensa que está haciendo por mí lo que desea que alguien hubiese hecho por ella. Así que ahora estoy aquí, en un lugar donde mis problemas se han “epidermizado”. Y son grandes problemas.

Deambulo por allí temiendo que todos a mi alrededor tengan un arma. Sólo camino por gramados que tienen carteles de BIDEN-HARRIS; he decidido que me siento más seguro. Y mi seguridad como una especie de esclavitud, está en Jesús. A quien nunca he conocido. Pero debo estar seguro de que odia la esclavitud sin fin. ¿Por qué? Porque la mujer del autobús lo dijo. Y ahora, si mi vida va a mejorar, quizá quiera entrar en la Marina.

Curarme yo mismo de mi africanidad, probablemente perder el acento y empezar, con bastante dedicación, a despellejarme y presentarme, desollado, ante la Marina. Han pasado varios meses desde mayo. Desde que el chico de al lado me envió un mensaje de texto: Este video es tan triste. Con un enlace de los últimos ocho minutos y cuarenta y seis segundos de la vida de un hombre. Meses desde que mi madre llamó, frenética.

—¿Cómo va el virus?

—Mamá no te preocupes. Me quedaré en casa, no saldré. De todas formas, hace demasiado frío para salir.

—¿Y la policía? No te metas en problemas. He oído que todos los americanos tienen armas, ¿verdad?

—Mamá, honestamente. Yo no salgo. No causo problemas. Y estoy en un vecindario seguro. Por favor, deja de preocuparte. Mis compañeros de clase dijeron que Maryland no es tan malo. Y viven aquí así que ellos saben.

—Okey. No te metas en problemas. Deja a esa gente en paz. Déjalos hacer lo que quieran con su país. Termina tus estudios y regresa.

El verano ha llegado y se ha ido. Y a pesar de los cambios, los miedos y las canciones siguen siendo los mismos. Así que camino tarareando mis himnos contra el miedo.

Regreso a la Avenida Belvedere 1342, para sentarme en el porche bajo el suave sol de otoño. Sólo camino a lo largo de la acera con jardines exhibiendo carteles azules de BIDEN-HARRIS que ondean por todos lados. O los otros, los que dicen,

EN ESTA CASA, CREEMOS QUE:
LAS VIDAS NEGRAS IMPORTAN
LOS DERECHOS DE LA MUJER SON DERECHOS HUMANOS
NINGÚN HUMANO ES ILEGAL
LA CIENCIA ES REAL
EL AMOR ES AMOR
LA BONDAD LO ES TODO

Cruzo la calle cuando no hay ninguno de los dos. O cuando veo a alguien con una gorra roja caminando hacia mí. Si llego a casa me sentaré en el porche. Y observaré, por un segundo, a mis vecinos de enfrente, porque creo que tienen un arma. Ya está. He dicho mis tres cosas ahora me callaré: la gente que vive al otro lado de la calle tiene un arma, Dios no tiene nada que decirme, este lugar está haciendo que me despelleje.


 

R. Kihara Odanga | Kenia |

Estudiante de maestría en el Departamento de Estudios Africanos de la Universidad Howard. Su trabajo se centra en la Historia Política de África Oriental y en las temáticas y expresiones de la literatura africana. Es de Nairobi, Kenya.

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