literatura y poesía

periferias 6 | raza, racismo, territorio y instituciones

Pastor Alemán

Utanaan Reis

| Brasil |

marzo de 2021

traducido por María Camila Ortiz

— ¿Qué te angustia, mi hijo? ¿Qué es ese miedo del mundo? 

— No lo sé, también quería saberlo — respondió el joven Nélio, conteniendo el llanto. 

— Ven, hijo, hablemos —, lo llamó Ángela María, una mujer rezandera, partera y consejera conocida en todos los rincones de Seropédica y alrededores. 

Con las manos acariciadas, Nélio se sentía seguro en aquel momento, y le contó a Ángela:

— Hace dos meses no duermo bien, no como bien, tengo sueños extraños, me despierto jadeando, sudoroso, cansado. 

— Lo sé, mijo. Te entiendo. Prosigue. 

— Siempre tengo la sensación que alguien me está siguiendo; que todos me están mirando; que pronto pasará algo grave.

— Bueno. ¿Y puedes contarme alguno de tus sueños? 

— Sí: Salí a comprar pan, la calle totalmente desierta parecía un escenario de película. El viento silbaba un lamento suave, en una mañana calurosa y nublada. Un semáforo titilaba amarillo constantemente. De alguna manera sentía que me vigilaban desde las ventanas. De repente, surgió un ruido acompasado —como si viniera de todos los lados—, hasta que identifiqué una caballería pasando delante de mí, y justo detrás venía un caballo tropezando, solo, sangrando por la nariz, con la lengua afuera; amarrado a él, tenía un letrero. Cuando miré el letrero estaba mi nombre escrito como por una marca de cuchillo: ahí estaba Nélio Gomes. 

— Está bien. Mijo, necesitas entender dos cosas: primero, necesitas fortalecer tu protección espiritual. Segundo, que pronto tu inocencia será puesta a prueba, entonces cuídate, protégete y ten confianza en lo que dices y en cómo actúas. 

— Gracias, Ángela. ¡Solo tus palabras para calmarme! 

Más tranquilo, Nélio entonces observaba el porche de la casa y el gran jardín en el que había ido a hacerse la consulta y a bendecirse: bien iluminado, sencillo y elegante al mismo tiempo, espacioso y acogedor. La sensación de acogida que recibió de los ojos y la boca de Ángela estaba en sintonía con el lugar, incluidas las plantas, distribuidas a lo largo del enorme césped. 

Al final de la sesión, Ángela le indicó al muchacho que usara algunas Okúta Mimo, piedras sagradas de los Orishas, destinadas a la protección. Una para detrás de la puerta de entrada de la casa, para impedir la entrada de malas energías; una en la ventana, para filtrar lo que entra y lo que sale; una debajo de la cama para domar el sueño y protegerlo de pesadillas tormentosas; la última, en el baño, lugar donde se lavan y sacan cosas pesadas del cuerpo. Así salió el joven muchacho: optimista con la lista de piedras sagradas por comprar.

La semana siguiente fue tranquila, sin los mismos sentimientos que antes; durmió mejor y se sentía más feliz. Pero, aun así, Nélio recordaba el último mensaje de Ángela: "No te tomes mucho tiempo con las piedras, aunque te sientas mejor necesitas llevar a cabo el proceso". Y Nélio no dejaría que fuera demasiado tarde. 

Era pleno sábado de calor infernal del verano carioca. Nélio cogió un bus en Seropédica rumbo al centro de Río de Janeiro en busca de una gran tienda que vendía artículos religiosos de matriz africana. 

Como planeó, no se demoró mucho haciendo las compras, a pesar de la fascinación por las estatuas, hierbas, ropa, piedras, instrumentos, animales y mucho más. Compró en total doce Okúta Mimo: tres de Oiá, tres de Òpará, tres de Oggun y tres de Ossain. Además, compró una navaja con mango perlado con el símbolo de Oggun, el Orisha de la guerra, para obsequiarle a su padre. 

Salió muy feliz de la tienda, con todo empacado dentro de la maleta. Y, aunque se moría de ganas por ver con calma lo que había comprado, decidió esperar para mirar dentro del bus: sabía que siempre puede haber alguien observándote.


Se sentó en el fondo del bus que iba hacia Seropédica: en la esquina derecha, comenzó a desenvolver del papel kraft las piedras y la navaja, contemplando tranquilamente los detalles y reflexionando que la vida en ese momento estaba saliendo bien. Se sentía feliz, lleno de vida; su cuerpo pulsaba buenas sensaciones. 

Pero no pasó mucho tiempo para que la prueba advertida por Ángela llegara. 

Estando el bus en la Avenida Brasil, un retén de la policía ordenó que el bus se orillara. Los pasajeros se miraron, juzgándose unos a otros. Nélio sintió, más de una vez, que algunas de las miradas estaban dirigidas a él; no era la sensación de ser vigilado o perseguido, era su color experimentando la inquisición diaria por la que pasan las personas negras.

Ni modo. Un policía subió al bus gritando: "¡En la institución soy conocido como pastor alemán, olfateo drogas en cualquier lugar!". Miraba fijamente a cada pasajero, olfateándolos, como un perro. Cerca del joven Nélio, con una risita amarillenta de medio lado, dijo:

—¿Vamos a bajar, jovencito? El pastor alemán ya ha cazado a su presa.

Intrigado, Nélio recordó las muchas veces que había escuchado relatos similares.

— ¿Qué hice? — Preguntó Nélio al policía que, bien entrenado como estaba, inmediatamente dio un manotazo en la lateral del cuello del joven, y lo mandó a bajarse. 

Fuera del bus, sentado en el suelo como un prisionero, Nélio miró a todos los que desde la ventana del bus esperaban las escenas del siguiente capítulo. Entonces comenzó la requisa.

— Levántese la camisa y vacíe los bolsillos, joven. 

Hecho. Ninguna evidencia. 

— ¡Abra la maleta, despacio, drogadicto! —, decía el policía con el arma en la mano apuntando a la cabeza de Nélio. Sin vacilar, comenzó a abrir la maleta, cuando el policía inspeccionó las envolturas arrugadas en papel kraft, mirando y diciendo con gusto:

— ¡Bingo! ¡Di en el blanco! — El Pastor Alemán una vez más salva el día, y a Río de Janeiro, de los vagabundos. 

Tranquilo, Nélio recordó la sabiduría de Ángela: “Si estás en problemas y se produce un cambio en la situación, sal con clase como quien ha tenido el control desde el principio. Valora tu inocencia”.

Ese era el momento. Le pidió calma al policía y le preguntó educadamente si podía abrir los paquetes y mostrarle las exquisiteces. El policía notó algo extraño, pero su rabioso ego de perro no le dejaba agachar la cabeza. Él mismo abrió desesperadamente las envolturas de las piedras para mostrarle a todo el público su gran hazaña.

Nélio, tranquilamente, hecho un científico internacionalmente famoso, explicó las composiciones químicas — inventadas en ese momento —: el tipo de cada piedra, para qué servían, dónde las había comprado y por qué precio.

El policía se fue enojando, molesto por el espectáculo infame — hasta que encontró la navaja. Ahí sabía que era ganar o perder. Entonces levantó la navaja para que todo el mundo la viera. 

— ¿Todos están viendo que acabo de encontrar un arma? — Preguntó el oficial alto y claro, tratando de generar aprobación y clamor. Nélio no sabía qué hacer, pero trató de mostrar calma y despreocupación con todo aquel histrionismo. Buscando una salida para poner fin al abordaje, Nélio vio al otro policía que acompañaba al Pastor Alemán, pero hasta entonces solo observaba la situación, cuando le pidió al compañero uniformado la navaja. El Pastor Alemán se la entregó feliz, pero pronto cambió su semblante: el segundo policía le había devuelto la navaja al joven Nélio, mandándolo a subir nuevamente al bus:

— Váyase a la casa, jovencito. 

Nélio rápidamente arregló sus cosas y se subió al bus como quien desfila en una pasarela presidencial, recibiendo varias miradas desconcertadas e interpelado por el cobrador:

— Joven, no sé qué pasó allí, pero usted es el primero que regresa al bus después de una reprimenda. 

Nélio no respondió. Tan solo siguió el resto del viaje tranquilo, pensando en las piedras y en la navaja que acababa de conquistar.


 

revisão de tradução
Mário RodriguesLarissa Fostinone Locoselli
Laboratório de Tradução UNILA

Utanaan Reis | Brasil |

Utanaan Reis es Economista de la Universidad Federal de Río de Janeiro. Escribe crónicas, cuentos y poesía desde la adolescencia, inspirado en su cotidiano en la Baixada Fluminense, donde creció. 

utanaan.reis@gmail.com

@utanaan.reis @utanaan_reis

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